Hace 401 años, se celebró el matrimonio entre Luis Méndez de Haro y Guzmán y Catalina Fernández de Córdoba y Aragón. Luis era el hijo de Diego Méndez de Haro, V marqués de Carpio, y de Francisca de Guzmán, hermana de Gaspar de Guzmán y Pimentel, I conde-duque de Olivares. Catalina era la hija de un aristócrata catalán, Enrique Folch de Aragón, VI duque de Cardona, y de Catalina Fernández de Córdoba y Figueroa, nacida a su vez del IV marqués de Priego, Pedro Fernández de Córdoba, y Juana Enríquez de Ribera, hija del II duque de Alcalá de los Gazules, y de Juana Cortés, hija del conquistador de México Hernán Cortés.
Al principio, el conde-duque de Olivares había mantenido conversaciones con su hermana, madre de Luis, con la intención de unir ambas familias mediante el matrimonio entre Luis y María de Guzmán, única hija de Olivares. Sin embargo, al observar que Luis iba ganando cada vez más la confianza del rey Felipe IV, el conde-duque cambió de decisión y optó por casar a su hija con un pariente lejano de los Guzmán, Ramiro Pérez de Guzmán, II marqués de Toral. Con esta decisión, Olivares dejó clara su autoridad y reforzó el papel de subordinación que esperaba de sus familiares.
A pesar de que finalmente las casas de Olivares y del Carpio no se unieron mediante ese matrimonio, Luis terminó convirtiéndose en heredero de su tío. Los hijos que el conde-duque tuvo con su esposa no sobrevivieron a la adolescencia, y Olivares decidió reconocer a su hijo bastardo unos años antes de morir para que formara parte de la herencia. Sin embargo, tras la muerte del valido, este hijo ilegítimo falleció también apenas dos años después. Después de varios años de disputas entre distintos aspirantes por los títulos, cargos y propiedades de Olivares, fue Luis de Haro quien logró finalmente hacerse con la parte más importante de la herencia. De este modo, continuó ostentando el célebre título como II conde-duque de Olivares, continuado hoy por la casa de Alba. Luis, además, heredó el palacio que su tío había construido cerca del monasterio de la Inmaculada Concepción en Loeches, donde hoy se encuentra el panteón y cripta de la casa de Alba. Es aquí donde descansan los restos de Luis y su mujer Catalina.
San Ignacio de Antioquía fue una de las figuras más relevantes del cristianismo primitivo y uno de los llamados Padres Apostólicos, es decir, autores cristianos que vivieron muy cerca del tiempo de los apóstoles y recibieron de ellos directamente la fe. Su vida se sitúa entre finales del siglo I y comienzos del siglo II, y su testimonio resulta fundamental para comprender la organización de la Iglesia primitiva, la teología del martirio y la espiritualidad cristiana de los primeros siglos.
Nació probablemente en Siria hacia la mitad del siglo I. La tradición cristiana lo identifica como el tercer obispo de Antioquía, una de las comunidades cristianas más importantes del mundo antiguo, después de San Pedro y Evodio. Aunque los datos sobre su juventud son escasos, se cree que fue discípulo directo de los apóstoles, lo que explica la autoridad doctrinal que se refleja en sus escritos. Como obispo, Ignacio desempeñó un papel esencial en la consolidación de la fe cristiana en un contexto marcado por persecuciones y tensiones doctrinales.
Durante el reinado del emperador Trajano, San Ignacio fue arrestado por su fe y condenado a muerte. A diferencia de otros cristianos ejecutados localmente, fue enviado a Roma para ser ajusticiado públicamente, probablemente con el objetivo de dar un escarmiento ejemplar. Este viaje desde Antioquía hasta Roma, escoltado por soldados, se convirtió en un acontecimiento decisivo, ya que durante el trayecto escribió siete cartas, que constituyen su legado más importante.
Estas cartas, dirigidas a diversas comunidades cristianas (Éfeso, Magnesia, Tralia, Roma, Filadelfia y Esmirna), así como a San Policarpo, obispo de Esmirna, ofrecen un testimonio único de la vida de la Iglesia primitiva. En ellas, San Ignacio insiste con fuerza en la unidad de la Iglesia en torno al obispo, los presbíteros y los diáconos, estableciendo claramente una estructura jerárquica que sería fundamental para el desarrollo posterior del cristianismo. Para Ignacio, el obispo representa la garantía de la comunión eclesial y de la fidelidad a la enseñanza apostólica.
Otro aspecto central de su pensamiento es la Eucaristía, a la que se refiere como “medicina de inmortalidad”, subrayando la fe en la presencia real de Cristo. También combate con firmeza las herejías de su tiempo, especialmente el docetismo, que negaba la verdadera humanidad de Jesús. Ignacio defiende con claridad que Cristo fue verdadero Dios y verdadero hombre, y que su pasión y muerte fueron reales, no aparentes. Así se opone firmemente al docetismo, corriente que negaba la realidad de la encarnación y de la pasión de Cristo.
El tema del martirio ocupa un lugar destacado en sus escritos. San Ignacio no ve su muerte como una derrota, sino como la culminación de su unión con Cristo. En su famosa carta a los Romanos, ruega a los cristianos de Roma que no intenten impedir su ejecución, expresando su deseo de “ser trigo de Dios” y ser molido por los dientes de las fieras para convertirse en pan puro de Cristo. Esta actitud revela una espiritualidad profunda, marcada por el amor radical a Cristo y la entrega total de la propia vida.
San Ignacio de Antioquía murió mártir en Roma alrededor del año 107, probablemente en el anfiteatro, devorado por las fieras. Su muerte dejó una huella duradera en la Iglesia, tanto por su ejemplo de fidelidad como por la riqueza teológica de sus escritos. Su figura representa el puente entre la generación apostólica y el cristianismo institucionalizado de los siglos posteriores.
La Iglesia lo venera como santo y mártir, y su memoria litúrgica se celebra el 17 de octubre en la calendario católico y el 20 de diciembre en la ortodoxo. Una carta de San Policarpo a los Filipenses nos deja entrever que el culto a San Ignacio comenzó nada más consumarse el martirio, pues de todas partes llegaron peticiones de copias de las cartas del santo. San Ignacio de Antioquía permanece como un testigo privilegiado de la fe cristiana primitiva, un defensor apasionado de la unidad eclesial y un modelo de entrega total hasta el martirio. Es por ello que da nombre al convento de las madres carmelitas descalzas de Loeches: el convento de San Ignacio Mártir y Madre de Dios, cuya iglesia está decorada con una representación de su martirio en el centro del retablo.
Retablo de la iglesia del convento de San Ignacio de Loeches.
Hace 405 años, el rey Felipe IV de España otorgó la Grandeza de España a la casa de Olivares, representada por Gaspar de Guzmán y Pimentel, I conde-duque de Olivares, quien en ese momento era el III conde de Olivares. Este condado había sido concedido previamente el 12 de octubre de 1535 por Carlos I de España a Pedro Pérez de Guzmán y Zúñiga, hijo del III duque de Medina-Sidonia y abuelo del futuro conde-duque. El título toma su nombre del municipio andaluz de Olivares, situado en la provincia de Sevilla.
Tras la muerte del rey Felipe III de España, su hijo y heredero, de tan solo 16 años, ascendió al trono como Felipe IV. Pocos días después, durante una comida celebrada en el Monasterio de San Jerónimo el Real con destacados miembros de la nobleza, el joven monarca sorprendió a todos al dirigirse a Olivares con la frase: «Conde de Olivares, cubríos». Con estas palabras le concedía la Grandeza de España.
Esta expresión hacía referencia al estricto protocolo de la corte: los nobles que no poseían la grandeza debían descubrirse —quitarse el sombrero— en presencia del rey. Por el contrario, quienes recibían esta dignidad podían permanecer cubiertos ante el monarca, lo que simbolizaba un privilegio excepcional y una señal de máxima confianza real.
La Grandeza de España constituye la más alta dignidad dentro de la jerarquía nobiliaria española, situándose inmediatamente después de los títulos de príncipe de Asturias e infante de España. Se trata de una distinción concedida exclusivamente por el rey. Por lo general se vincula a un título nobiliario y suele transmitirse de forma hereditaria, aunque en ocasiones excepcionales puede otorgarse a título personal o con carácter vitalicio. Sus orígenes se remontan a la monarquía visigoda, si bien fue durante el reinado de Carlos I de España, en el siglo XVI, cuando esta dignidad comenzó a regularse y a configurarse a como se conoce en la actualidad.
Las dificultades económicas de la monarquía hispánica durante la época de los Austrias, provocadas en gran parte por el coste de su política imperial, llevaron a los reyes a vender muchos bienes. Entre ellos estaban pueblos, vasallos, derechos, rentas, cargos públicos y otros bienes. Estas ventas aumentaban especialmente cuando la Hacienda Real atravesaba momentos de mayor crisis. Esto ocurrió, por ejemplo, durante los últimos años de las guerras de Carlos V contra Francisco I de Francia, y también cuando se acercaban las graves crisis financieras de 1557 y 1575.
A partir de entonces se pueden distinguir dos etapas en estas ventas de bienes. La primera consistió en la secularización y posterior venta de encomiendas y pueblos pertenecientes a las Órdenes Militares españolas. La segunda etapa comenzó en 1575 y consistió en incorporar a la Corona villas y lugares que pertenecían a la Iglesia, a obispados y a monasterios, para después venderlos. Esto fue posible gracias a varias bulas papales.
En este contexto, el 6 de abril de 1574 el papa Gregorio XIII concedió a Felipe II, mediante una nueva bula, el derecho a incorporar a la Corona varias villas que formaban parte de la Comunidad y Tierra de Alcalá, entre ellas la villa de Loeches. La Corona vendió Loeches al genovés Baltasar Catano el 18 de junio de 1579. Dos años después, Catano la vendió a Íñigo de Cárdenas y Zapata, primer señor de Loeches y miembro de la familia que fundó el convento de San Ignacio de las carmelitas descalzas. La venta fue aprobada por el propio rey en Lisboa el 24 de enero de 1583.
Desde ese momento, Loeches pasó a ser una villa señorial. Se llamaba villa porque el emperador Carlos V le había concedido ese título en 1555, otorgándole ciertos privilegios y prestigio. Y era señorial porque estaba bajo la autoridad de un señor que ejercía sobre el territorio y sus habitantes poderes que iban más allá de los de un simple propietario.
El 28 de marzo de 1515 nació Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, la primera hija de los ocho hijos varones de Alonso Sánchez de Cepeda, descendiente adinerado de una familia judía conversa, y de su segunda mujer, Beatriz Dávila y Ahumada.
Existen dos teorías del lugar de su nacimiento: en la propia ciudad de Ávila, en la casa familiar, hoy convento de Santa Teresa de Jesús, o en el pequeño municipio de Gotarrendura, cerca de Ávila. Existen varios datos que hacen pensar que en esta población nació Teresa y no en la capital, ya que en Ávila no existe su partida de nacimiento, y en el Libro de nacimientos de Gotarrendura faltan treinta hojas que pertenecen a las fechas en las que nació Teresa. Otro dato importante es que todos sus hermanos nacieron en dicha localidad, e incluso su madre falleció en el lugar. En el centro del pueblo aún existen propiedades, como un palomar que data como mínimo de principios del siglo XV, que pertenecieron a su familia y a las que la propia Doctora de la Iglesia alude en alguno de sus escritos.
En la ciudad de Ávila se encuentra el convento de Santa Teresa de Jesús edificado sobre los antiguos terrenos de la familia de los Cepeda. En el siglo XVII la casa estaba en estado de abandono y ruina, y es por ello por lo que en 1628 el obispo abulense Francisco Márquez de Gaceta apoyó a los carmelitas para que construyeran un convento en honor a la Santa reformadora sobre estos terrenos. Es en estos años cuando aparece Gaspar de Guzmán y Pimentel, quien al llegar al valimiento de Felipe IV, puso mucho interés en las fundaciones de la orden descalza y pidió se le cediera el patronato de esta nueva construcción el 21 de abril de 1631, de ahí que en la fachada de la iglesia aparezca su escudo de armas. En 1629 se puso la primera piedra en el mismo sitio donde se supone que estaba la habitación donde nación Teresa y con los recursos que aportó el conde duque la obra se desarrolló con rapidez.
La inauguración del templo se efectuó el 14 de octubre de 1636, aunque aún quedaba por decorar su interior. En cuanto a la arquitectura, el edificio es una representación del estilo barroco de aquel momento, siguiendo el mismo modelo, especialmente la fachada, que se encuentra en la propia ciudad de Ávila, la iglesia del convento de San José, o en Madrid, con ejemplos como el monasterio de la Encarnación o la iglesia del monasterio de la Inmaculada Concepción de Loeches, que mandó construir el conde duque en 1635.
Tal día como hoy, hace 100 años, nació Cayetana Fitz-James Stuart, XVIII duquesa de Alba. Fue la única hija de Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, XVII duque de Alba, a quien sus amigos llamaban cariñosamente Jimmy Alba, y de María del Rosario de Silva y Gurtubay, X marquesa de San Vicente del Barco, conocida en su entorno como Totó.
Nació la noche del 28 de marzo de 1926 en el Palacio de Liria, residencia familiar en Madrid. Curiosamente, en el momento de su nacimiento su padre se encontraba reunido con tres grandes intelectuales de la época: el médico Gregorio Marañón, el filósofo José Ortega y Gasset y el escritor Ramón Pérez de Ayala.
Fue bautizada el 17 de abril de 1926 en la capilla del Palacio Real de Madrid. Sus padrinos fueron el rey Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia de Battenberg. Para la ceremonia se utilizó la histórica pila bautismal de Santo Domingo de Guzmán, reservada tradicionalmente para monarcas o sus descendientes.
Recibió un nombre bastante completo: María del Rosario (en honor a su madre) Cayetana (como la duquesa de Alba retratada por Goya) Alfonsa (por su padrino) Victoria Eugenia (por su madrina) Francisca (por la devoción de su padre por san Francisco de Asís) Paula Lourdes Antonia Josefa Fausta Rita Castor Dorotea y Santa Esperanza. Sin embargo, casi todo el mundo la conoció simplemente como Cayetana, el nombre que ella misma prefería. Su padre la llamaba con cariño Tanuca, mientras que personas cercanas, como la reina emérita Sofía, la llamaban Tana.
El 28 de marzo de 1926 nacía en el Palacio de Liria, en Madrid, Cayetana Fitz-James Stuart, una niña destinada a convertirse en uno de los personajes más singulares de la historia social española. Cien años después de su nacimiento, su figura sigue despertando simpatía. Aristócrata por nacimiento, libre por convicción y protagonista por carácter, sigue siendo una figura imposible de encasillar y, desde luego, de olvidar.
Desde la cuna estuvo rodeada de historia. Sus padrinos de bautismo fueron el rey Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia de Battenberg, símbolo del estrecho vínculo entre la Casa de Alba y la Corona. Pero durante su infancia sufrió un duro golpe: su madre falleció cuando Cayetana tenía apenas ocho años, una pérdida que marcó su carácter y la hizo crecer antes de tiempo. Aquellos años estuvieron llenos de viajes por Europa, especialmente tras la proclamación de la Segunda República, lo que le dio una mentalidad cosmopolita y una soltura poco común en la aristocracia española de entonces. Vivió la Guerra Civil, el franquismo, la Transición y la España democrática, adaptándose a cada época sin renunciar a su personalidad indomable. Con veinte años, en 1947, se casó con Luis Martínez de Irujo en una boda que la prensa internacional calificó como una de las más importantes del momento. Tuvieron seis hijos, entre ellos el actual duque, Carlos Fitz-James Stuart.
Décadas después volvería a desafiar convenciones al casarse con el intelectual y exjesuita Jesús Aguirre y, ya octogenaria, con Alfonso Díez, protagonizando aquella imagen inolvidable bailando sevillanas tras su última boda en Sevilla. Fue reconocida por el Guinness World Records como la persona con más títulos nobiliarios del mundo. Descendiente de Fernando Álvarez de Toledo y heredera, por la rama Fitz-James Stuart, de la sangre de los Estuardo, reunía siglos de historia en su nombre. Sin embargo, su lema era mucho más sencillo y moderno: «vive y deja vivir». Fue anfitriona de artistas, diseñadores, actores y actrices; en sus palacios se organizaron recepciones, encuentros culturales y hasta desfiles de moda. Sabía abrir las puertas del patrimonio sin perder autenticidad.
Un hito fundamental en la gestión de su patrimonio ocurrió el 14 de mayo de 1975 con la creación de la Fundación Casa de Alba. Esta institución no fue un hecho aislado, sino la culminación del legado intelectual de su padre, Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, XVII duque de Alba. Jacobo, figura clave de la cultura y la diplomacia, quien fuera embajador en Londres y director de la Real Academia de la Historia, dedicó su vida a la reconstrucción del palacio de Liria tras los bombardeos de la Guerra Civil de la Legión Cóndor y a la catalogación científica del archivo familiar. Consciente de este mandato histórico y del impulso cultural y político de su progenitor, Cayetana formalizó la Fundación para asegurar la protección jurídica de los palacios de Liria y Monterrey. Con ello, no solo blindó las colecciones frente a una posible dispersión futura, sino que profesionalizó su conservación y abrió las puertas del linaje a la sociedad, cumpliendo el deseo de su padre de convertir el patrimonio privado en un activo cultural para España.
La Casa de Alba amplió considerablemente su patrimonio gracias a una cuidada política de alianzas matrimoniales con otros grandes linajes. Una de las más relevantes fue la unión entre las casas de Alba y Olivares, sellada con el matrimonio del X duque de Alba, Francisco Álvarez de Toledo, y la IV condesa-duquesa de Olivares, Catalina de Haro y Guzmán. A partir de esta unión, los Alba incorporaron a su patrimonio el palacio de Monterrey y todas las posesiones vinculadas a la villa de Loeches. En 1633, el I conde-duque de Olivares adquirió el señorío de Loeches, donde fundó el monasterio de la Inmaculada Concepción y mandó construir un palacio adosado al templo.
Con el tiempo, la Casa de Alba heredó esta propiedad y, ya a comienzos del siglo XX, el XVII duque de Alba, Jacobo, ordenó la demolición del antiguo palacio para levantar en su lugar un nuevo panteón familiar. En este sobrio y solemne espacio descansan el propio conde-duque de Olivares y su esposa, Inés de Zúñiga, así como varios miembros destacados de la familia: la tía de Cayetana, Eugenia Sol; su primo Fernando Alonso; su abuela materna, María del Rosario Gurtubay; sus padres, abuelos y bisabuelos; y sus dos maridos consortes, Luis Martínez de Irujo y Jesús Aguirre.
Cayetana de Alba falleció el 20 de noviembre de 2014 en Sevilla, a los 88 años. Fue incinerada y, cumpliendo su voluntad, sus restos descansan en dos lugares muy significativos para ella: en el panteón familiar del convento de Loeches y en la capilla de la Hermandad del Cristo de los Gitanos, en Sevilla, a la que estuvo profundamente vinculada.
Santa Teresa de Jesús, también conocida como Teresa de Ávila, es una de las figuras más relevantes del Siglo de Oro español, tanto por su dimensión espiritual como por su extraordinaria aportación literaria y reformadora. Su vida se inscribe en un momento clave de la historia europea: el siglo XVI, marcado por la Reforma protestante, la respuesta católica del Concilio de Trento y una intensa renovación religiosa y cultural.
Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada nació en Ávila el 28 de marzo de 1515, en el seno de una familia acomodada. Su padre, Alonso Sánchez de Cepeda, era un converso de origen judío que había logrado integrarse en la élite urbana, lo que refleja la compleja realidad social y religiosa de la Castilla del momento. Desde joven, Teresa mostró una personalidad viva, imaginativa y decidida. Ella misma relata en su Libro de la vida su afición temprana a las lecturas de caballerías y a las vidas de santos, que influyeron en su temprana sensibilidad religiosa.
Retrato de Teresa de Jesús por Fray Juan de la Miseria, 1576.
A los veinte años ingresó en el convento carmelita de la Encarnación de Ávila, no sin dudas y resistencias internas. La vida conventual de la época, relativamente flexible y abierta al contacto con el exterior no siempre favorecía el recogimiento espiritual. Durante años, Teresa alternó períodos de fervor con etapas de enfermedad y crisis interior. Fue precisamente en esta lucha personal donde comenzó a gestarse su experiencia mística, caracterizada por una intensa vivencia interior de la fe, que ella describió con gran profundidad psicológica y literaria. En su vida se dieron numerosos fenómenos místicos extraordinarios, especialmente visiones, que ella entendió como una forma privilegiada de experimentar la presencia de Dios. Estas visiones no solo marcaron su vida personal, sino que también dieron origen a una profunda enseñanza espiritual.
Santa Teresa distingue varios tipos de visiones según la forma en que se perciben: corporales (con los sentidos externos), imaginarias (con la imaginación) e intelectuales (sin imágenes ni formas, solo con el entendimiento). Ella misma afirma no haber tenido visiones corporales, pero sí muchas imaginarias e intelectuales, siendo estas últimas las más elevadas. En las llamadas séptimas Moradas, las visiones alcanzan su mayor profundidad y están ligadas a la unión total del alma con Dios.
Éxtasis de Santa Teresa de Bernini, 1652.
El contenido de estas visiones es muy amplio: incluyen a Dios, la Trinidad, Cristo, los santos, el alma humana, el pecado y las realidades últimas. Sus efectos fueron muy concretos en la vida de Teresa: crecimiento interior, paz profunda, humildad, fortaleza, deseo de hacer el bien y mayor claridad en la fe. Estas experiencias también influyeron en su labor como fundadora, escritora y guía espiritual. Estas visiones no tienen como fin el espectáculo ni el disfrute personal, sino ayudar a la persona a vivir mejor su fe y a cumplir la voluntad de Dios. Por eso, Teresa insiste en la importancia del discernimiento, la humildad y la obediencia, afirmando que la autenticidad de estas experiencias se reconoce por los frutos positivos que dejan en la vida de quien las recibe.
A partir de la década de 1550, Teresa experimentó una transformación decisiva. Convencida de la necesidad de una vida religiosa más austera y coherente con los ideales evangélicos, impulsó la reforma de la Orden del Carmelo. Su proyecto proponía comunidades pequeñas, vida de clausura estricta, pobreza y oración contemplativa. En 1562 fundó en Ávila el primer convento de Carmelitas Descalzas, dedicado a San José, inicio de una profunda renovación espiritual que no estuvo exenta de conflictos y resistencias.
Teresa de Ávila de François Gérard, 1827.
Durante los últimos veinte años de su vida, Teresa recorrió buena parte de la geografía española fundando conventos —hasta diecisiete femeninos y, con la colaboración de San Juan de la Cruz, varios masculinos— en ciudades como Medina del Campo, Salamanca, Toledo, Sevilla o Burgos. Estos viajes, realizados en condiciones precarias y en un contexto social poco favorable a la iniciativa femenina, revelan su extraordinaria capacidad organizativa, su firme carácter y su notable inteligencia práctica.
Teresa nunca llegó a fundar un convento en la corte madrileña, pero sí tenía esa intención como así reflejan sus escritos, a pesar del ambiente cortesano que le resultaba poco propicio para la vida espiritual. Es importante entender que la corte desempeñó un papel estratégico en su actividad, ya que desde allí se tramitaban autorizaciones, se establecían contactos con teólogos y consejeros reales y se resolvían cuestiones fundamentales para la consolidación de la Reforma del Carmelo Descalzo.
La primera relación con la nueva orden y Santa Teresa de Jesús se encuentra en Alcalá de Henares, cuando María de Jesús Yepes, una monja de la orden del carmelo de Granada conoció a Teresa y con su apoyo funda el convento de la Concepción, más conocido como “La Imagen” en 1562, convirtiéndose así en la primera fundación de la orden de carmelitas descalzas en la actual Comunidad de Madrid. Como bien refleja en una carta la propia Santa en 1575 ya estaba disponiendo todo para fundar un convento Madrid, pero fallece antes. Quien continúa con su deseo es su compañera Ana de Jesús, que funda en 1586 el convento de Santa Ana. La tercera fundación en tierras madrileñas no queda muy alejada ni de la capital ni de Alcalá de Henares, ya que, en 1596, Francisca de Cristo, una monja del convento de Santa Ana fundó el convento de San Ignacio en Loeches.
Santa Teresa, copia de José de Ribera, 1644.
Paralelamente, Teresa desarrolló una obra literaria de primer orden. Sus escritos, nacidos en gran parte por obediencia a sus confesores, combinan profundidad teológica, claridad expresiva y una sorprendente cercanía humana. Obras como el Libro de la vida, Camino de perfección o Las moradas son hoy consideradas clásicos de la literatura espiritual y de la prosa castellana. En ellas, Teresa emplea un lenguaje sencillo y directo, cargado de imágenes cotidianas, que hace accesible una experiencia mística de gran complejidad. Desde una perspectiva historiográfica, sus textos constituyen también una fuente de primer orden para el conocimiento de la espiritualidad, la vida conventual y la condición femenina en la España del siglo XVI.
Teresa murió en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582, en plena actividad reformadora. Su reconocimiento fue rápido: fue beatificada en 1614 y canonizada en 1622. En 1970, proclamada Doctora de la Iglesia por Pablo VI, siendo la primera mujer en recibir este título. Este reconocimiento subraya no solo su santidad, sino también el valor universal de su pensamiento.
Desde una mirada histórica, Santa Teresa de Jesús representa una síntesis singular entre tradición y renovación. Fue profundamente fiel a la Iglesia de su tiempo, pero también una figura crítica y transformadora. Su legado trasciende el ámbito religioso: es una de las grandes escritoras de la lengua española y un ejemplo excepcional de liderazgo femenino en una sociedad dominada por los hombres. Su vida y su obra continúan siendo objeto de estudio, admiración y debate, confirmando su lugar central en la historia cultural y espiritual de Occidente.
Más conocida como Doña Sol, Eugenia nació el 8 de enero de 1880 en Madrid. Fue hija del XVI duque de Alba de Tormes y de María del Rosario Falcó, y hermana de Jacobo, XVII duque de Alba de Tormes, y de Hernando.
Desde su juventud Sol sería una de las aristócratas más influyentes de la corte española y la alta sociedad madrileña. Contrajo matrimonio el 30 de junio de 1906 con Juan Manuel Mitjans y Manzanedo, II duque de Santoña. El enlace se verificó en la capilla del palacio de Liria el 2 de julio, residencia de Sol desde su infancia. El 9 de octubre de 1906, Sol sería nombrada dama de la reina Victoria Eugenia, esposa de Alfonso XIII. Tuvo tres hijos y enviudó bastante joven en 1929.
En 1936, después del golpe de Estado, Cayetana, sobrina de Sol y futura XVIII duquesa de Alba de Tormes, fue enviada al Palacio de las Dueñas de Sevilla, donde pasó casi todo el tiempo que duró la guerra civil, con excepción de algunas cortas estancias en Londres con su padre, embajador en aquel momento. Estuvo acompañada de su tía y sus cuatro primos. Doña Sol era muy aficionada a los toros, la hípica y la cultura popular y solía vivir en Sevilla, de ahí la pasión de Cayetana por el arte y las costumbres hispalenses.
Falleció el 4 de marzo de 1962 y sus restos fueron trasladados al panteón familiar de la casa de Alba en el monasterio de la Inmaculada Concepción de Loeches en Madrid.
En la silla de la izquierda, sujetando a su nieto, se encuentra Eugenia Sol Fitz-James Stuart y Falcó posando con su familia.
Hija de Gaspar de Haro y Guzmán, Catalina Méndez de Haro, VIII marquesa del Carpio, VIII condesa de Monterrey, IV condesa duquesa de Olivares Y duquesa de Montoro, entre otros títulos, contrajo matrimonio el 18 de febrero de 1688 con Francisco Álvarez de Toledo y Silva, X duque de Alba de Tormes, VII duque de Huéscar y XII conde de Lerín.
Este enlace incorporó a la casa de Alba los derechos a los títulos, cargos y propiedades que antes ostentaran Gaspar de Haro y Guzmán y sus antecesores. Este hecho hizo que la casa de Alba adquiriese la propiedad del palacio salmantino de Monterrey y la del monasterio y palacio de Loeches en Madrid que funda el I conde duque de Olivares.
De este matrimonio, nació Maria Teresa Álvarez de Toledo y Haro, XI duquesa de Alba de Tormes, IX marquesa del Carpio y V condesa duquesa de Olivares, la primera mujer por derecho propio de la Casa de Alba al ser la única heredera.
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