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Autor: Turismo Loeches

24 de agosto de 1562: se funda el convento de San José de Ávila.

Hace 464 años, Teresa de Jesús fundaba en la ciudad de Ávila el Convento de San José, que se convertiría en el símbolo de la reforma de la Orden del Carmelo, al ser el primer convento de carmelitas descalzas. Para la santa, no se trataba de crear un gran proyecto ni de extender una reforma por toda España, sino de algo mucho más concreto: levantar una pequeña comunidad donde se viviera de verdad el ideal del Carmelo, basado en la pobreza, el recogimiento y una vida centrada en la oración. Sin embargo, esa primera experiencia acabaría marcando el camino de todas las fundaciones posteriores.

Ese ideal reformador se reflejó desde el inicio en la comunidad que se formó. Era un grupo pequeño, unido por la vocación más que por el origen social, algo poco habitual en la época. No se exigían dotes ni condiciones externas, lo que daba al convento un carácter más sencillo e igualitario. La vida giraba en torno a la oración, la austeridad y la convivencia cercana, muy lejos de otros modelos más acomodados. Todo ello se reflejó también en la propia arquitectura del edificio, que acabaría convirtiéndose en modelo para futuras fundaciones e incluso influiría en la construcción de iglesias conventuales por toda Castilla. Aunque el edificio fue construido en 1562, la iglesia, su elemento arquitectónico de mayor interés, comenzó a levantarse en 1607, según el diseño del arquitecto Francisco de Mora. La fachada y la plazoleta siguen, además, el modelo carmelitano creado por Fray Alberto de la Madre de Dios en San Hermenegildo de Madrid.

Con el tiempo, esta fundación marcó un antes y un después en la vida de Teresa. Desde San José se fueron definiendo las bases de su reforma, que más tarde se extendería a otros lugares. Lo que comenzó como una iniciativa pequeña y casi discreta terminó teniendo un impacto mucho mayor, convirtiéndose en el origen de una transformación profunda dentro de la vida religiosa.

10 de agosto de 1596: se hace la lectura de la primera misa en la iglesia del convento de San Ignacio.

Hace 430 años, coincidiendo con la festividad de San Ignacio, se bendijo la iglesia del convento dedicado a este santo en la villa de Loeches. Ese mismo día se celebró la primera misa y la primera comunidad de carmelitas descalzas tomó posesión del edificio, constituyendo la tercera fundación de esta orden en lo que hoy es la Comunidad de Madrid.

En aquella época no era habitual consagrar formalmente las iglesias conventuales en Madrid, debido al gran auge en la construcción de conventos tanto dentro como fuera de la corte. Sin embargo, sí era imprescindible que todos los templos fueran al menos bendecidos antes de poder celebrar en ellos los Sagrados Misterios. Esta norma quedó establecida tras el Concilio de Trento (1545-1563), donde se determinó que la misa solo podía oficiarse en lugares consagrados o bendecidos. La Iglesia reservaba la consagración solemne principalmente para catedrales y parroquias, mientras que los templos de menor entidad solían ser simplemente bendecidos.

La misa inaugural en el convento de Loeches fue oficiada por el carmelita fray Felipe de Jesús, muy cercano a la fundadora, Francisca de Cristo. Esta no solo impulsó la creación del convento, sino que también ejerció como priora de la comunidad hasta su fallecimiento, diez años después, a causa de diversas enfermedades. Junto a ella, destacó también sor Leonor de San Bernardo, quien en 1604 partió de Loeches y, en 1622, fundó los conventos de Bruselas, Lovaina y Mons junto a sor Ana de Jesús.

22 de julio de 1645: fallece el conde-duque de Olivares.

Hace 381 años fallecía Gaspar de Guzmán y Pimentel, I conde-duque de Olivares, en la ciudad de Toro. El 12 de junio de 1643 abandonó su retiro en el palacio de Loeches para emprender el que sería su último viaje. Ya entonces presentaba un estado de salud muy deteriorado, tanto en lo físico como en lo mental y emocional.

Desde joven padeció obesidad y gota, dolencias que, unidas a los excesos propios de su posición y al sedentarismo impuesto por sus responsabilidades políticas, se agravaron con el paso del tiempo. En sus últimos años sufrió intensos dolores, un acusado debilitamiento y un progresivo trastorno mental que derivó en episodios de delirio y demencia. Algunos historiadores sitúan el inicio de este deterioro psicológico en la muerte de su hija, fallecida a los 16 años durante el parto junto a su hija, truncando la continuidad directa de su linaje.

En los días previos a su muerte, la enfermedad entró en su fase terminal y el desorden mental se intensificó. Evocaba insistentemente a su esposa y recordaba su etapa como rector de la Universidad de Salamanca. El día 15 sufrió un episodio de fiebre acompañado de un fuerte delirio, por lo que fue sometido a una sangría al día siguiente. A petición de su esposa, acudió desde Valladolid el médico de cámara del rey, quien lo encontró sentado en la cama, aun delirando. En un breve momento de lucidez, logró confesarse y otorgó poder para testar a su mujer.

Finalmente, el sábado 22 de julio de 1645, entre las nueve y las diez de la mañana, falleció de muerte natural, probablemente a consecuencia de la gota y la arteriosclerosis, quien fuera uno de los hombres más poderosos e influyentes de la historia de la monarquía hispánica.

Acta de defunción del Conde Duque de Olivares según el original. Imagen generado por I. A.

Un inédito retrato del conde-duque de Olivares atribuido a Diego Velázquez.

El director del Detroit Institute of Arts, Salvador Salort-Pons, ha dado a conocer el descubrimiento del primer retrato que Diego Velázquez realizó al conde-duque de Olivares tras su llegada a la Corte en 1626. El hallazgo, publicado en Ars Magazine, identifica la obra como El conde-duque de Olivares con armadura, un óleo perteneciente a una colección particular. Según explica Salort-Pons, el retrato formaba parte de un encargo que también incluía una efigie de Francesco Barberini, sobrino del papa Urbano VIII, con motivo de su visita a Madrid. Aunque el retrato de Olivares ha sido localizado, la pintura de Barberini continúa desaparecida.

La obra presenta al conde duque con una marcada iconografía militar, mostrándolo como líder del ejército, en contraste con los retratos de 1624 y 1625, en los que Velázquez lo representó como estadista en su despacho. Salort-Pons señala que, entre 1623 y 1626, el pintor desarrolló tres imágenes distintas de Olivares para proyectar el poder del valido y su cercanía a Felipe IV, dentro de una nueva imagen de la monarquía basada en la reforma y la austeridad. El estudio también destaca las características técnicas del lienzo, como la pincelada ligera en el rostro y el tratamiento más denso y fluido de la armadura, además de su similitud compositiva y estilística con el Retrato de Felipe IV realizado entre 1626 y 1628.

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El Alfoz Complutense: organización del territorio en la Edad Media

El llamado Alfoz Complutense fue una forma de organización territorial propia de la Edad Media que tuvo como centro la ciudad de Alcalá de Henares. Este sistema agrupaba bajo su control a numerosos pueblos y tierras de los alrededores, creando una red administrativa, económica y social que giraba en torno a esta ciudad. La palabra «alfoz» procede del árabe al-ḥawz, que significa «territorio» o «distrito». Durante la Edad Media, se utilizaba para referirse al conjunto de aldeas, campos y recursos que dependían de una ciudad principal. En este caso, Alcalá de Henares actuaba como el núcleo central desde el que se organizaba todo el territorio circundante.

El origen del Alfoz Complutense se sitúa en el siglo XI, tras la conquista cristiana por parte del rey Alfonso VI de la zona. Estas tierras pasaron a formar parte del Reino de Castilla y fueron entregadas al arzobispado de Toledo como agradecimiento por ayudar a la corona a tomar la ciudad de Alcalá a los musulmanes. De este modo, Alcalá no solo se consolidó como un centro urbano relevante, sino también como la cabeza de un amplio territorio dependiente.

Miniatura de Alfonso VI en la catedral de Santiago de Compostela.

El alfoz incluía numerosos núcleos de población que hoy son municipios independientes, entre ellos, Loeches. En aquel momento, sin embargo, todos estos lugares estaban vinculados a Alcalá y sometidos a su autoridad. El funcionamiento del Alfoz Complutense se basaba en una organización jerárquica. Alcalá de Henares era el centro desde el que se administraba la justicia, se recaudaban impuestos y se tomaban las decisiones más importantes. Las poblaciones del alfoz tenían cierta autonomía en su vida cotidiana, pero dependían de las autoridades centrales para cuestiones legales, fiscales y administrativas. Además, compartían recursos como tierras de cultivo, pastos y montes, lo que hacía necesaria una gestión común del territorio.

Este sistema fue fundamental para estructurar el espacio tras la conquista de todo este territorio por parte de la corona de Castilla. Permitió organizar la repoblación, asegurar el control del territorio y establecer una red económica basada en la agricultura y el aprovechamiento de los recursos naturales. Al mismo tiempo, reforzó el poder del arzobispado de Toledo, que actuaba como señor de estas tierras y tenía una gran influencia.

El Alfoz Complutense.

Además, el Alfoz Complutense no solo tenía una función administrativa, sino también social y económica. Las ferias, mercados y caminos que conectaban los distintos pueblos facilitaban el intercambio de productos y la movilidad de las personas. Alcalá de Henares, como centro del alfoz, concentraba buena parte de esta actividad, lo que contribuía a su crecimiento y a su importancia dentro del territorio castellano. Otro aspecto importante fue la organización del paisaje. Las tierras se distribuían entre zonas de cultivo, pastos comunales y montes, que eran aprovechados por los habitantes del alfoz según normas establecidas. Este uso colectivo de ciertos recursos fomentaba la cooperación entre las distintas comunidades, pero también podía dar lugar a conflictos que debían resolverse mediante las autoridades locales o eclesiásticas.

También hay que tener en cuenta el papel de la Iglesia en la vida cotidiana del alfoz. No solo ejercía poder político, sino que organizaba aspectos fundamentales como la vida religiosa, las festividades y parte de la asistencia social. Las parroquias y monasterios actuaban como puntos de referencia para la población, reforzando la cohesión del territorio y su dependencia de Toledo.

Mapa del territorio del Alfoz Complutense en Madrid.

Con el paso del tiempo, especialmente a partir del siglo XVI, este modelo comenzó a transformarse. Los distintos pueblos fueron adquiriendo mayor autonomía y desarrollando sus propias instituciones locales. Poco a poco, dejaron de depender de Alcalá y se convirtieron en municipios independientes, lo que supuso la desaparición del alfoz como forma de organización territorial. Pero realmente fue un proceso largo y complicado. En el caso de Loeches, en 1555 Carlos V de Alemania y I de España le concedió el título de villa y, unos años después, Felipe II le arrebata la propiedad al arzobispado de Toledo para quedárselo la corona para, a su vez, poder venderlo como señorío, es decir, como una propiedad privada. No será hasta principios del siglo XIX cuando Loeches consigue la independencia con la abolición de los señoríos en España.

En definitiva, el Alfoz Complutense fue una pieza clave en la historia de la región. No solo permitió organizar y administrar el territorio durante siglos, sino que también dejó una huella duradera en la configuración actual de muchos municipios del entorno de Alcalá de Henares. Su estudio ayuda a comprender cómo se estructuraba la sociedad medieval y cómo se fue configurando el mapa territorial que conocemos hoy.

Primera página del Fuero Viejo extendido de Alcalá de Henares.

11 de julio de 1920: fallece Eugenia de Montijo

Hace 106 fallecía a los 94 años María Eugenia de Palafox-Portocarrero de Guzmán y Kirkpatrick, popularmente conocida como Eugenia de Montijo, la última emperatriz de Francia.

Tras la caída del Segundo Imperio en 1870, vivió exiliada en Inglaterra, donde pasó décadas marcada por la pérdida de su esposo, Napoleón III, y de su hijo, que falleció durante la guerra anglo-zulú, convirtiéndose en símbolo vivo de una época desaparecida.

Durante el último periodo de su vida residía principalmente en el palacio de Liria en España junto con su sobrino nieto, el XVII duque de Alba, y en Inglaterra, dependiendo de las circunstancias. A pesar de su avanzada edad, conservaba lucidez y una fuerte religiosidad. Su salud fue debilitándose progresivamente hasta que falleció tras una intervención de cataratas en el palacio de Liria.

Sus restos fueron trasladados a la Farnborough Abbey, donde reposa junto a su esposo e hijo, en un mausoleo que conserva la memoria de la última familia imperial francesa.

Julio de 1853: se abre el balneario de La Margarita de Loeches.

A principios del mes de julio de 1853 los hermanos Gregorio y Bonifacio García de Orea abren el balneario de La Margarita a las afueras de la villa de Loeches. Estos hermanos, nacidos en Loeches, se formaron y trabajaron buena parte de su vida, siendo grandes estudiantes y, especialmente Gregorio, llegando a ser funcionario, trabajo muy deseado en aquella época. Pero en 1833 regresó a Loeches para establecerse, comprando una casa y varios terrenos. Uno de ellos, que compró junto con su hermano Bonofacio, será proyectado como fábrica de teja y ladrillo, un negocio muy rentable en aquella época y zona.

Cuando estaban abriendo pozos en la finca para usar el agua con el fin de fabricar el material, las altas propiedades minerales, especialmente el sodio, daban como resultado tejas y ladrillos de muy mala calidad. Los hermanos, con ansias de nuevos negocios y grandes visionarios, decidieron mandar a analizar una muestra del agua de los pozos al médico Manuel González de Jonte, profesor de medicina en Alcalá de Henares. Los resultados demostraron que las aguas eran ricas en minerales y, por lo tanto, medicinales. Fueron designadas como aguas salinas, sulfatadas-sódico-magnesicadas, catalogadas como del tipo sulfatadas frías.

Las aguas empezaron a analizarse para su uso farmacéutico por sus cualidades que activan el sistema circulatorio, sus efectos purgantes, diuréticos y laxantes, así como su carácter estimulador de la piel. El uso de estas aguas desde julio de 1853 hasta bien entrada la década de 1920 hizo que Loeches viviera un gran esplendor económico y cultural por todas aquellas personas que venían de diferentes partes de España a disfrutar y tratarse con las aguas del famoso balneario de La Margarita.

Cuando el agua curaba: un viaje de la tradición a la ciencia.

Desde tiempos muy antiguos, el ser humano ha atribuido al agua un valor especial ligado a la vida, la purificación y la curación. Ya en la Prehistoria, ciertos manantiales eran considerados lugares sagrados, a los que se acudía por sus supuestas propiedades terapéuticas o rituales. Estas aguas no se comprendían desde un punto de vista científico, pero la experiencia y la tradición popular consolidaron su prestigio como remedio natural frente a diversas dolencias.

En la Antigüedad clásica, y especialmente durante el dominio romano, el uso del agua con fines curativos y sociales alcanzó un gran desarrollo. Los romanos construyeron termas y complejos balnearios alrededor de manantiales naturales, integrando el baño dentro de la vida cotidiana. Estos espacios no solo cumplían una función terapéutica, sino que también eran lugares de encuentro, descanso y sociabilidad. En la península ibérica, muchos enclaves termales actuales tienen su origen en esta etapa, lo que demuestra la continuidad histórica del aprovechamiento de las aguas mineromedicinales.

Tras la caída del Imperio romano, el uso de los balnearios no desapareció, aunque perdió parte de su organización y esplendor. Durante la Edad Media, las aguas medicinales siguieron utilizándose de forma más local y modesta. En algunos casos quedaron bajo la protección de monasterios o se vincularon a santos y advocaciones cristianas, sustituyendo antiguos cultos paganos. En los territorios bajo dominio islámico, la tradición del baño se mantuvo viva gracias a los hammams y a una concepción médica e higiénica muy desarrollada, que otorgaba al agua un papel fundamental en el cuidado del cuerpo.

Termas romanas de Caesaraugusta.

Durante la Edad Moderna, especialmente entre los siglos XVI y XVIII, se produjo una recuperación del interés por las aguas minerales. La influencia del pensamiento clásico y el desarrollo de la medicina impulsaron la redacción de tratados que describían las propiedades de determinadas fuentes. Aunque todavía no existía una organización balnearia moderna, muchas aguas gozaban ya de reputación terapéutica y atraían a personas que acudían a “tomar las aguas” por recomendación médica o por tradición.

Sobre esta larga tradición se asentó el gran cambio que tuvo lugar en el siglo XIX, cuando las aguas mineromedicinales vivieron su gran auge y se convirtieron en un elemento clave tanto para la medicina como para la vida social. Lo que durante siglos había sido un remedio popular basado en la experiencia comenzó a transformarse en un tratamiento científico, regulado y respaldado por médicos, instituciones y estudios químicos. Así nació el balneario moderno, un espacio donde el agua dejó de ser un simple recurso natural para convertirse en medicina.

Este cambio no fue casual. La medicina del siglo XIX buscaba ordenar, clasificar y explicar científicamente la salud y la enfermedad. En este contexto surgió la hidrología médica, una disciplina dedicada al estudio sistemático de las aguas mineromedicinales. Los médicos analizaron su composición, las clasificaron según sus minerales y las asociaron a enfermedades concretas, como reumatismos, problemas digestivos o afecciones de la piel. El uso del agua pasó entonces a estar prescrito, controlado y supervisado.

Al mismo tiempo, el Estado y las autoridades sanitarias comenzaron a regular los balnearios. Se exigía la presencia de un médico director, se fijaban normas y se establecían rutinas de tratamiento. Todo ello otorgó prestigio científico a estos lugares y los diferenció claramente de los usos tradicionales del agua. Ir “a tomar las aguas” se convirtió en una práctica médica legítima y socialmente valorada.

Pero los balnearios no fueron solo espacios de curación. También se transformaron en importantes centros de sociabilidad. Especialmente entre las clases medias y altas, acudir a un balneario significaba cuidar la salud, descansar, relacionarse y mostrar cierto estatus. El tratamiento incluía baños, ingestión de agua, paseos, dietas y reposo, en un entorno natural que se consideraba parte esencial de la cura. La salud se entendía como un equilibrio entre cuerpo, naturaleza y rutina.

El balneario de Loeches es un ejemplo claro de este fenómeno. Sus aguas, frías, cristalinas y ligeramente saladas, surgían de la tierra cargadas de minerales como sulfatos y cloruros, y se atribuían efectos beneficiosos para una gran variedad de dolencias: problemas digestivos, afecciones de la piel, reumatismos, molestias articulares y musculares, alteraciones nerviosas e incluso algunas enfermedades ginecológicas y venéreas. Se bebían para estimular la digestión y la eliminación de toxinas, y se usaban en baños y duchas dirigidas para mejorar la circulación y la piel. Descubiertas casi por casualidad a mediados del siglo XIX, las aguas de La Margarita atrajeron pronto a visitantes de la sociedad madrileña, combinando tratamiento médico, descanso y sociabilidad en un entorno natural cuidadosamente valorado.

A lo largo del siglo XIX, las aguas mineromedicinales mantuvieron su prestigio pese a las críticas y a los avances de la medicina farmacológica. Supieron adaptarse a los nuevos discursos científicos y conservaron su fuerza gracias a su profundo arraigo social.

En definitiva, los balnearios fueron espacios donde se unieron ciencia, naturaleza, economía y vida social, y donde el agua mineromedicinal se convirtió en símbolo de progreso, bienestar y modernidad.

19 de junio de 1658: consagración de la iglesia del monasterio de la Inmaculada Concepción de Loeches.

Hace 368 años se consagró la iglesia del monasterio de la Inmaculada Concepción de Loeches una vez terminadas las obras y quedó abierta al culto, no solo a las monjas dominicas que habitaban en clausura el monasterio fundado por el conde-duque de Olivares, sino también a los vecinos de la Villa.

La consagración de una iglesia tiene lugar cuando una iglesia de nueva construcción se pone en servicio como lugar sacro de culto por primera vez o, incluso, tras una renovación importante. Este acto simbólico trasciende la simple edificación material, pues realmente simboliza la entrega de un lugar físico a la divinidad, consagrado plenamente al ámbito espiritual.

En la tradición cristiana este camino culmina en la ceremonia de la dedicación de la iglesia, un rito ancestral mediante el cual el edificio recibe una bendición especial y queda destinado al servicio de Dios y de la comunidad. Toda iglesia, ya sea catedral o parroquia, requiere este rito, que presupone la existencia de un altar fijo. Según el derecho canónico, el altar es símbolo del cuerpo de Cristo y constituye el centro litúrgico del templo. La consagración se hace visible mediante doce cruces griegas dispuestas en distintos puntos del edificio, que representan tanto a Cristo y su victoria como a los doce Apóstoles, pilares fundamentales de la Iglesia. Tradicionalmente se exigía el uso de la piedra en algunos elementos del templo, como signo de solidez y permanencia, evocando la vocación eterna de lo sagrado.

En el corazón de la dedicación se encuentra la Eucaristía, acompañada de otros ritos simbólicos como la aspersión con agua bendita, la posible deposición de reliquias bajo el altar, la unción con crisma del altar y de las paredes, la incensación y la iluminación del edificio, todos ellos orientados a expresar la plena consagración del lugar. Una vez terminado, la iglesia queda abierta a todos los fieles que deseen la unión con Dios desde la tierra.

12 de junio de 1643: el conde-duque de Olivares abandona Loeches para trasladarse a Toro.

Hace 383 años, el conde-duque de Olivares abandonó su palacio en la Villa de Loeches para dirigirse a Toro, Zamora, y pasar los últimos años de su vida acompañado de su familia en el palacio de su hermana Inés de Guzmán, la marquesa viuda de Alcañices.

Tras obtener de Felipe IV el permiso para retirarse de su cargo como valido, Olivares se trasladó a Loeches con la intención de pasar allí una etapa tranquila en el palacio y monasterio que él mismo había fundado. Con ello pretendía también calmar a quienes lo señalaban como responsable de los males del imperio. Sin embargo, durante los casi cinco meses que permaneció en Loeches, su esposa, su hijo reconocido y su sobrino continuaron en el entorno de la corte, muy próximos al rey, lo que alimentó las sospechas de sus enemigos sobre una posible influencia indirecta.

En este contexto comenzó a circular un escrito anónimo, difundido en varios documentos, que culpaba al conde-duque de la situación del imperio. Decidido a defender su honor y su gestión, Olivares respondió con un texto titulado El Nicandro, en el que justificaba sus decisiones y contestando a quienes le creían culpable.

El 24 de mayo el rey manda a Luis de Haro, sobrino del conde-duque, a Loeches para darle el fatídico mensaje: las consecuencias de la publicación del Nicandro obligaban al monarca a ceder ante las presiones de quienes se habían quejado del escrito, ordenando a Olivares abandonar Loeches y trasladarse a Sevilla u otro de sus estados en Andalucía. Ante ello, Olivares solicitó cambiar el destino hacia el norte, alegando motivos de salud, y pidió establecerse en Toro o en León.

De camino hacia su nuevo destino no se le permitió acceder a la corte, a pesar de haberlo solicitado. En su lugar, dio un rodeo y se detuvo a comer en Pozuelo de Alarcón, donde acudió su sobrino Luis, acompañado de la Condesa de Olivares, quien se despidió de su esposo con gran afecto. Haro mantuvo una conversación privada con su tío durante varias horas de la que no se conoce el contenido. Hizo una segunda parada en Torrelodones donde recibió la visita de su hijo, don Enrique Felipe, y de numerosos amigos.

Pocos días después llegó a Toro, donde inició una nueva etapa marcada por la vida religiosa visitando iglesias y asistiendo a misa mientras aguardaba el final de sus días con melancolía y el recuerdo del poder que una vez había ostentado.

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