Ir al contenido principal

Autor: Turismo Loeches

12 de junio de 1643: el conde-duque de Olivares abandona Loeches para trasladarse a Toro.

Hace 383 años, el conde-duque de Olivares abandonó su palacio en la Villa de Loeches para dirigirse a Toro, Zamora, y pasar los últimos años de su vida acompañado de su familia en el palacio de su hermana Inés de Zúñiga, la marquesa viuda de Alcañices.

Tras obtener de Felipe IV el permiso para retirarse de su cargo como valido, Olivares se trasladó a Loeches con la intención de pasar allí una etapa tranquila en el palacio y monasterio que él mismo había fundado. Con ello pretendía también calmar a quienes lo señalaban como responsable de los males del imperio. Sin embargo, durante los casi cinco meses que permaneció en Loeches, su esposa, su hijo reconocido y su sobrino continuaron en el entorno de la corte, muy próximos al rey, lo que alimentó las sospechas de sus enemigos sobre una posible influencia indirecta.

En este contexto comenzó a circular un escrito anónimo, difundido en varios documentos, que culpaba al conde-duque de la situación del imperio. Decidido a defender su honor y su gestión, Olivares respondió con un texto titulado El Nicandro, en el que justificaba sus decisiones y contestando a quienes le creían culpable.

El 24 de mayo el rey manda a Luis de Haro, sobrino del conde-duque, a Loeches para darle el fatídico mensaje: las consecuencias de la publicación del Nicandro obligaban al monarca a ceder ante las presiones de quienes se habían quejado del escrito, ordenando a Olivares abandonar Loeches y trasladarse a Sevilla u otro de sus estados en Andalucía. Ante ello, Olivares solicitó cambiar el destino hacia el norte, alegando motivos de salud, y pidió establecerse en Toro o en León.

De camino hacia su nuevo destino no se le permitió acceder a la corte, a pesar de haberlo solicitado. En su lugar, dio un rodeo y se detuvo a comer en Pozuelo de Alarcón, donde acudió su sobrino Luis, acompañado de la Condesa de Olivares, quien se despidió de su esposo con gran afecto. Haro mantuvo una conversación privada con su tío durante varias horas de la que no se conoce el contenido. Hizo una segunda parada en Torrelodones donde recibió la visita de su hijo, don Enrique Felipe, y de numerosos amigos.

Pocos días después llegó a Toro, donde inició una nueva etapa marcada por la vida religiosa visitando iglesias y asistiendo a misa mientras aguardaba el final de sus días con melancolía y el recuerdo del poder que una vez había ostentado.

04 de junio de 1909: se inaugura el panteón de la casa de Alba.

Hace 117 años se inauguró en la villa de Loeches el panteón de la casa de Alba. Hasta ese momento, la familia ducal no tenía un enterramiento fijo, ni para los titulares ni los familiares, ya que al venir de casas nobles diferentes se hayan enterrados en diferentes partes de España: Madrid, Salamanca, Liria… Es por esta razón que el XVII duque de Alba y X de Berwick, Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, decidió construir un panteón familiar en los terrenos de un palacio construido por el conde-duque de Olivares y que habían heredado los Alba a finales del siglo XVII a través de un matrimonio.

Este palacio se encontraba pegado a la iglesia del monasterio de la Inmaculada Concepción, fundación del matrimonio de los condes-duques, Gaspar de Guzmán e Inés de Zúñiga, en 1640. Dicho palacio apenas estuvo habitado y se encontraba en bastante mal estado, con lo que se decidió tirar parte de este en 1907 para comenzar las obras del panteón. El arquitecto fue Juan Bautista Lázaro, que construyó un edificio de planta griega con tres capillas principales, una de ellas conectada a través de un pasillo con el coro de la iglesia, unión con la clausura de las hermanas dominicas recoletas.

En aquel momento se trasladaron los restos del matrimonio del conde-duque de Olivares, de los abuelos y de los padres de Jacobo Fitz-James Stuart a este solemne espacio. Destacamos una figura muy importante para la historia de esta obra: Francisca de Sales y Portocarrero, XV duquesa de Alba consorte, abuela de Jacobo y hermana de Eugenia de Montijo. Fallecida en 1860 en París, Eugenia comienza una serie de proyectos para su enterramiento y unos años después encarga una escultura que representa a su hermana y que hoy en día decora el panteón.

A la inauguración asistieron Jacobo Fitz-James Stuart, su hermana Eugenia Sol, su tía abuela Eugenia de Montijo, diferentes miembros de su familia y de la nobleza y un periodista del periódico ABC que escribió un artículo sobre el evento y tiró una fotografía donde se ven a Jacobo y Eugenia de Montijo caminando por la entrada del monasterio de la Inmaculada Concepción para visitar a las monjas que habitaban el edificio.

25 de mayo de 1900: fallece Emilia Carmena Monaldi

Hace 126 años falleció en Madrid Emilia Carmena Monaldi, también conocida como Emilia Carmena de Prota, nombre con el que firmaba sus obras al adoptar el apellido de su marido, Alejandro Prota, apoderado de la casa de Alba. De este matrimonio nació María Isabel Prota Carmena (1854-1928), quien alcanzó reconocimiento como compositora de música litúrgica.

Se conocen pocos detalles sobre su formación, aunque destacó especialmente como copista y comenzó a participar en certámenes nacionales desde la década de 1840. En 1844 formó parte de la exposición anual de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde presentó copias y retratos originales. También colaboró en la revista El Laberinto, ilustrando textos de Antonio Flores Algovia entre 1844 y 1845, y en 1848 expuso bocetos en el Liceo Artístico y Literario de Madrid. Su mayor reconocimiento llegó en 1850, cuando fue nombrada profesora de pintura y dibujo de las infantas María Cristina y Amalia, además de pintora de cámara de Isabel II.

Dedicó buena parte de su tiempo al convento de la Inmaculada Concepción de las madres dominicas recoletas en Loeches, ya que durante la segunda mitad del siglo XIX estuvo habitando junto con su familia un palacio propiedad de los Alba en esta misma Villa. No solo recaudó fondos para restaurar el centro religioso, sino que fue su benefactora, ya que se convirtió en el principal destinatario de su actividad artística empleando varias décadas para solventar la pérdida del patrimonio artístico de la institución. Ejecutó un total de 52 pinturas para paliar los saqueos producidos por las tropas francesas durante la Guerra de la Independencia y las entregó a las monjas del convento.

Perteneció a la Esclavitud de Nuestra Señora de la Soledad y falleció a los 77 años a causa de una neumonía. Fue enterrada en el cementerio Sacramental de San Isidro, poniendo fin a una vida marcada por su compromiso artístico y religioso.

La Inmaculada Concepción: fe, historia y poder de un símbolo clave

La Inmaculada Concepción es una de las doctrinas más conocidas del catolicismo y, al mismo tiempo, una de las más malinterpretadas. Con frecuencia se confunde con el nacimiento virginal de Jesús, cuando en realidad se refiere a algo muy distinto: la concepción de María. Comprender correctamente este matiz resulta fundamental para entender no solo su significado religioso, sino también su enorme relevancia histórica, cultural y social.

Según la doctrina católica, la Inmaculada Concepción sostiene que María fue preservada del pecado original desde el primer instante de su existencia. Es decir, en el momento en que fue concebida por sus padres, Dios actuó de manera excepcional para evitar que heredara esa condición que, según la teología cristiana, afecta a toda la humanidad desde el pecado de Adán y Eva. Esta idea se apoya en una intuición muy antigua dentro del cristianismo: si María estaba destinada a ser la madre de Jesús, considerado Hijo de Dios, debía estar preparada de un modo único. Esa preparación especial fue interpretada como un privilegio concedido por anticipación.

La Inmaculada Concepción de El Greco.

Aunque la creencia en la pureza excepcional de María se remonta a los primeros siglos del cristianismo, su formulación oficial fue el resultado de un proceso largo y complejo. No fue hasta 1854 cuando el papa Pío IX proclamó solemnemente la Inmaculada Concepción como dogma de fe en la bula Ineffabilis Deus. Desde ese momento, esta doctrina pasó a formar parte del núcleo de la enseñanza mariana de la Iglesia católica.

La fuerza de esta creencia se expresó de manera muy visible en el arte. La iconografía de la Inmaculada Concepción es una de las más reconocibles del mundo cristiano: una joven vestida de blanco y azul, rodeada de luz, con una luna creciente bajo sus pies y una corona de estrellas. Esta imagen se inspira en un pasaje del Apocalipsis que describe a “una mujer vestida de sol”. En España, esta representación alcanzó un desarrollo extraordinario, especialmente durante el Siglo de Oro, con artistas como Murillo, que convirtió a la Inmaculada en un símbolo cultural profundamente arraigado en la sensibilidad colectiva.

Inmaculada Concepción de Battista Pace.

Estas imágenes no eran simples objetos de devoción privada. Pinturas y estampas funcionaron como vehículos de mensajes religiosos, políticos y sociales: difundían la doctrina, reforzaban la autoridad de la monarquía y contribuían a crear un imaginario compartido tanto en la península como en los territorios americanos. Del mismo modo, las fiestas y celebraciones públicas en honor a la Inmaculada se convirtieron en espacios simbólicos donde se expresaban jerarquías sociales, identidades colectivas y vínculos entre religión y poder, integrando plenamente esta devoción en la vida pública.

Conviene señalar, además, que la Inmaculada Concepción no es una doctrina compartida por todas las confesiones cristianas. La Iglesia católica la sostiene como dogma, pero las Iglesias ortodoxas, aunque veneran profundamente a María, no la formulan con las mismas categorías teológicas. En cuanto a las iglesias protestantes, en general no la reconocen, al considerar que no está explícitamente fundamentada en la Biblia.

Inmaculada Concepción de Rubens.

En el caso español, la Inmaculada Concepción adquirió una relevancia muy particular. Durante siglos, fue tratada por la historiografía desde una perspectiva claramente confesional, conocida como historia eclesiástica, elaborada mayoritariamente por clérigos. Estos relatos presentaban el pasado como prueba de la verdad religiosa y subrayaban el papel excepcional de España como defensora de la pureza mariana. Ya desde el siglo XVIII comenzó a consolidarse la idea de que el fervor inmaculista era un rasgo distintivo del catolicismo español.

Uno de los aspectos más estudiados por la historiografía ha sido el papel de la monarquía española en la defensa del dogma. Este impulso no respondió únicamente a la devoción popular, sino que estuvo estrechamente ligado a la política internacional de los Austrias, que utilizaron la cuestión inmaculista como una forma de afirmar su autoridad dentro de la Cristiandad y de intervenir en los asuntos de la Santa Sede.

Inmaculada Concepción de Juan de Mesa.

Este discurso se reforzó especialmente en momentos de crisis política. Durante la Guerra de la Independencia, la Inmaculada fue utilizada como símbolo de resistencia frente al invasor francés. Más adelante, en el siglo XIX, la proclamación del dogma en 1854 alimentó relatos que identificaban estrechamente nación y catolicismo, en un contexto marcado por el conflicto entre liberalismo y tradición religiosa. De este modo, la Inmaculada se convirtió en un emblema de la España conservadora, empleada por sectores católicos y monárquicos para legitimar un determinado modelo de sociedad.

Esta lectura alcanzó su máxima expresión durante el franquismo, cuando la Inmaculada fue integrada de forma explícita en el imaginario nacional-católico. No solo se la exaltó como patrona de España, sino también como protectora del ejército y garante del orden social, reforzando la idea de una nación definida esencialmente por su fe católica.

Inmaculada Concepción de Juan Martínez Montañés.

En las últimas décadas, la historiografía ha aportado nuevas miradas, especialmente desde la perspectiva de género. La Virgen Inmaculada encarnaba un ideal de feminidad basado en la pureza, la obediencia y el sacrificio, que influyó profundamente en la construcción de los modelos femeninos en la sociedad española. Este símbolo fue especialmente relevante en la Edad Moderna y en el siglo XIX, cuando sirvió para reforzar valores morales ligados al honor, la limpieza de sangre y la moral burguesa. En este sentido, la Inmaculada no transmitía únicamente un mensaje religioso, sino también un modelo social que condicionó el papel de las mujeres.

La relación entre la Inmaculada y el ejército español constituye otro aspecto clave de su historia. En 1892, fue proclamada oficialmente Patrona del Arma de Infantería Española, una decisión vinculada al llamado milagro de Empel, ocurrido en 1585 durante la guerra de Flandes. Según la tradición, un tercio español, acorralado por las tropas holandesas y a punto de ser aniquilado, encontró una tabla con la imagen de la Inmaculada. Tras encomendarse a ella, se produjo un cambio climático inesperado: las aguas se helaron, lo que permitió a los soldados atacar y vencer al enemigo.

Inmaculada Concepción de Murillo.

Este episodio fue interpretado como una intervención directa de la Virgen en favor de las armas españolas y se convirtió en una poderosa historia fundacional. La proclamación como patrona no fue casual: tuvo lugar en un momento de crisis nacional, marcado por la pérdida progresiva del imperio colonial y la necesidad de reafirmar valores tradicionales. La Inmaculada simbolizaba así la continuidad con el pasado glorioso de los Tercios, la unión entre ejército, religión y patria, y la idea de un ejército moralmente superior, defensor no solo del territorio, sino también de la fe. Desde entonces, el 8 de diciembre se convirtió en una fecha central del calendario militar, celebrada con actos religiosos y ceremonias castrenses.

Durante la Guerra Civil, la Inmaculada fue utilizada explícitamente como símbolo del bando sublevado, presentada como protectora de los “nacionales” frente al laicismo y el anticlericalismo republicano. No es casual que uno de los primeros decretos del régimen franquista declarase festivo el día de la Inmaculada, incluso en plena guerra, reforzando así su papel como emblema religioso, político y militar.

La Inmaculada Concepción no ha sido solo una creencia religiosa, sino un símbolo con un fuerte impacto en la historia y la cultura españolas. A lo largo del tiempo se utilizó para unir religión, poder político e identidad nacional, y también para transmitir valores sociales y modelos de comportamiento, especialmente en relación con el papel de la mujer. Su estudio ayuda a entender cómo las creencias religiosas han influido en la vida pública y en la forma en que una sociedad se ha pensado a sí misma.

Inmaculada Concepción de Juan de Roelas.

07 de mayo de 1940: se clausura el Ferrocarril de los 40 días

El llamado «Tren de los 40 días», oficialmente Ferrocarril Estratégico Torrejón-Tarancón, fue una infraestructura construida por la República española durante la Guerra Civil con el objetivo de garantizar la conexión de Madrid con la zona levantina. Su nombre popular proviene del ambicioso plazo de ejecución previsto, utilizado también como elemento propagandístico. Esta línea formaba parte de un sistema más amplio conocido como la «Vía Negrín», diseñado para asegurar el abastecimiento y la comunicación en un contexto bélico crítico.

El proyecto surgió tras el aislamiento parcial de Madrid en el invierno de 1936-37, cuando las principales líneas ferroviarias y carreteras quedaron interrumpidas por el avance franquista. Ante esta situación, el Estado Mayor republicano impulsó la construcción de un trazado alternativo, alejado del frente, que permitiera mantener el flujo de suministros y apoyo tanto a la población como a las fuerzas militares. El recorrido, de más de 90 kilómetros, atravesaba diversos ríos y localidades mediante un trazado complejo que combinaba ascensos y descensos para adaptarse al terreno.

Tras el final de la guerra en 1939, la utilidad estratégica del ferrocarril desapareció rápidamente. En 1940, el tramo principal entre Mejorada del Campo y Tarancón fue desmantelado, reutilizándose sus materiales para reparar otras líneas dañadas. Con ello se puso fin a una infraestructura nacida de la urgencia bélica, cuyo legado quedó reducido a vestigios reutilizados posteriormente.

03 de mayo de 1753: Fallece fray Custodio

El siglo XVIII vivió importantes avances científicos impulsados por el pensamiento ilustrado, aunque sin abandonar la religión, que se adaptó a los nuevos tiempos. Esta convivencia se reflejó especialmente en boticarios y médicos formados en entornos monásticos.

En este contexto destacó fray Custodio, religioso que supo compaginar su fe con la práctica científica, siguiendo el principio de «ora et labora». Nacido en la Villa de Loeches, vivió la vida religiosa desde 1721.

Gracias a su acceso a las bibliotecas, estudió tratados de medicina y alquimia, interesándose por los procesos utilizados para elaborar remedios. Su dedicación lo llevó a convertirse en un boticario reconocido. Su prestigio creció hasta ser nombrado boticario segundo del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. La botica fue fundada por Felipe II en 1564 y era un importante centro científico donde se practicaba la espagiria, una forma de alquimia aplicada a la medicina.

Gracias a su esfuerzo, en 1723 fue ascendido a boticario mayor del reino, ganando admiración y también envidias. Durante 30 años dirigió la botica del Escorial, en una de sus etapas más destacadas.

Falleció en 1753 a causa de una epidemia que afectó a varios frailes del monasterio. A pesar de ello, su legado perduró como el de una figura clave en la medicina monacal, símbolo de la unión entre ciencia, religión y tradición.

26 de abril de 1625: se celebra la boda entre Luis Méndez de Haro y Guzmán y Catalina Fernández de Córdoba y Aragón.

Hace 401 años, se celebró el matrimonio entre Luis Méndez de Haro y Guzmán y Catalina Fernández de Córdoba y Aragón. Luis era el hijo de Diego Méndez de Haro, V marqués de Carpio, y de Francisca de Guzmán, hermana de Gaspar de Guzmán y Pimentel, I conde-duque de Olivares. Catalina era la hija de un aristócrata catalán, Enrique Folch de Aragón, VI duque de Cardona, y de Catalina Fernández de Córdoba y Figueroa, nacida a su vez del IV marqués de Priego, Pedro Fernández de Córdoba, y Juana Enríquez de Ribera, hija del II duque de Alcalá de los Gazules, y de Juana Cortés, hija del conquistador de México Hernán Cortés.

Al principio, el conde-duque de Olivares había mantenido conversaciones con su hermana, madre de Luis, con la intención de unir ambas familias mediante el matrimonio entre Luis y María de Guzmán, única hija de Olivares. Sin embargo, al observar que Luis iba ganando cada vez más la confianza del rey Felipe IV, el conde-duque cambió de decisión y optó por casar a su hija con un pariente lejano de los Guzmán, Ramiro Pérez de Guzmán, II marqués de Toral. Con esta decisión, Olivares dejó clara su autoridad y reforzó el papel de subordinación que esperaba de sus familiares.

A pesar de que finalmente las casas de Olivares y del Carpio no se unieron mediante ese matrimonio, Luis terminó convirtiéndose en heredero de su tío. Los hijos que el conde-duque tuvo con su esposa no sobrevivieron a la adolescencia, y Olivares decidió reconocer a su hijo bastardo unos años antes de morir para que formara parte de la herencia. Sin embargo, tras la muerte del valido, este hijo ilegítimo falleció también apenas dos años después. Después de varios años de disputas entre distintos aspirantes por los títulos, cargos y propiedades de Olivares, fue Luis de Haro quien logró finalmente hacerse con la parte más importante de la herencia. De este modo, continuó ostentando el célebre título como II conde-duque de Olivares, continuado hoy por la casa de Alba. Luis, además, heredó el palacio que su tío había construido cerca del monasterio de la Inmaculada Concepción en Loeches, donde hoy se encuentra el panteón y cripta de la casa de Alba. Es aquí donde descansan los restos de Luis y su mujer Catalina.

San Ignacio de Antioquía: vida, pensamiento y legado histórico

San Ignacio de Antioquía fue una de las figuras más relevantes del cristianismo primitivo y uno de los llamados Padres Apostólicos, es decir, autores cristianos que vivieron muy cerca del tiempo de los apóstoles y recibieron de ellos directamente la fe. Su vida se sitúa entre finales del siglo I y comienzos del siglo II, y su testimonio resulta fundamental para comprender la organización de la Iglesia primitiva, la teología del martirio y la espiritualidad cristiana de los primeros siglos.

Nació probablemente en Siria hacia la mitad del siglo I. La tradición cristiana lo identifica como el tercer obispo de Antioquía, una de las comunidades cristianas más importantes del mundo antiguo, después de San Pedro y Evodio. Aunque los datos sobre su juventud son escasos, se cree que fue discípulo directo de los apóstoles, lo que explica la autoridad doctrinal que se refleja en sus escritos. Como obispo, Ignacio desempeñó un papel esencial en la consolidación de la fe cristiana en un contexto marcado por persecuciones y tensiones doctrinales.

Durante el reinado del emperador Trajano, San Ignacio fue arrestado por su fe y condenado a muerte. A diferencia de otros cristianos ejecutados localmente, fue enviado a Roma para ser ajusticiado públicamente, probablemente con el objetivo de dar un escarmiento ejemplar. Este viaje desde Antioquía hasta Roma, escoltado por soldados, se convirtió en un acontecimiento decisivo, ya que durante el trayecto escribió siete cartas, que constituyen su legado más importante.

Estas cartas, dirigidas a diversas comunidades cristianas (Éfeso, Magnesia, Tralia, Roma, Filadelfia y Esmirna), así como a San Policarpo, obispo de Esmirna, ofrecen un testimonio único de la vida de la Iglesia primitiva. En ellas, San Ignacio insiste con fuerza en la unidad de la Iglesia en torno al obispo, los presbíteros y los diáconos, estableciendo claramente una estructura jerárquica que sería fundamental para el desarrollo posterior del cristianismo. Para Ignacio, el obispo representa la garantía de la comunión eclesial y de la fidelidad a la enseñanza apostólica.

Otro aspecto central de su pensamiento es la Eucaristía, a la que se refiere como “medicina de inmortalidad”, subrayando la fe en la presencia real de Cristo. También combate con firmeza las herejías de su tiempo, especialmente el docetismo, que negaba la verdadera humanidad de Jesús. Ignacio defiende con claridad que Cristo fue verdadero Dios y verdadero hombre, y que su pasión y muerte fueron reales, no aparentes. Así se opone firmemente al docetismo, corriente que negaba la realidad de la encarnación y de la pasión de Cristo.

El tema del martirio ocupa un lugar destacado en sus escritos. San Ignacio no ve su muerte como una derrota, sino como la culminación de su unión con Cristo. En su famosa carta a los Romanos, ruega a los cristianos de Roma que no intenten impedir su ejecución, expresando su deseo de “ser trigo de Dios” y ser molido por los dientes de las fieras para convertirse en pan puro de Cristo. Esta actitud revela una espiritualidad profunda, marcada por el amor radical a Cristo y la entrega total de la propia vida.

San Ignacio de Antioquía murió mártir en Roma alrededor del año 107, probablemente en el anfiteatro, devorado por las fieras. Su muerte dejó una huella duradera en la Iglesia, tanto por su ejemplo de fidelidad como por la riqueza teológica de sus escritos. Su figura representa el puente entre la generación apostólica y el cristianismo institucionalizado de los siglos posteriores.

La Iglesia lo venera como santo y mártir, y su memoria litúrgica se celebra el 17 de octubre en la calendario católico y el 20 de diciembre en la ortodoxo. Una carta de San Policarpo a los Filipenses nos deja entrever que el culto a San Ignacio comenzó nada más consumarse el martirio, pues de todas partes llegaron peticiones de copias de las cartas del santo. San Ignacio de Antioquía permanece como un testigo privilegiado de la fe cristiana primitiva, un defensor apasionado de la unidad eclesial y un modelo de entrega total hasta el martirio. Es por ello que da nombre al convento de las madres carmelitas descalzas de Loeches: el convento de San Ignacio Mártir y Madre de Dios, cuya iglesia está decorada con una representación de su martirio en el centro del retablo.

Retablo de la iglesia del convento de San Ignacio de Loeches.

12 de abril de 1621: Felipe IV concede la Grandeza de España a la casa de Olivares.

Hace 405 años, el rey Felipe IV de España otorgó la Grandeza de España a la casa de Olivares, representada por Gaspar de Guzmán y Pimentel, I conde-duque de Olivares, quien en ese momento era el III conde de Olivares. Este condado había sido concedido previamente el 12 de octubre de 1535 por Carlos I de España a Pedro Pérez de Guzmán y Zúñiga, hijo del III duque de Medina-Sidonia y abuelo del futuro conde-duque. El título toma su nombre del municipio andaluz de Olivares, situado en la provincia de Sevilla.

Tras la muerte del rey Felipe III de España, su hijo y heredero, de tan solo 16 años, ascendió al trono como Felipe IV. Pocos días después, durante una comida celebrada en el Monasterio de San Jerónimo el Real con destacados miembros de la nobleza, el joven monarca sorprendió a todos al dirigirse a Olivares con la frase: «Conde de Olivares, cubríos». Con estas palabras le concedía la Grandeza de España.

Esta expresión hacía referencia al estricto protocolo de la corte: los nobles que no poseían la grandeza debían descubrirse, quitarse el sombrero, en presencia del rey. Por el contrario, quienes recibían esta dignidad podían permanecer cubiertos ante el monarca, lo que simbolizaba un privilegio excepcional y una señal de máxima confianza real.

La Grandeza de España constituye la más alta dignidad dentro de la jerarquía nobiliaria española, situándose inmediatamente después de los títulos de príncipe de Asturias e infante de España. Se trata de una distinción concedida exclusivamente por el rey. Por lo general se vincula a un título nobiliario y suele transmitirse de forma hereditaria, aunque en ocasiones excepcionales puede otorgarse a título personal o con carácter vitalicio. Sus orígenes se remontan a la monarquía visigoda, si bien fue durante el reinado de Carlos I de España, en el siglo XVI, cuando esta dignidad comenzó a regularse y a configurarse a como se conoce en la actualidad.

06 de abril de 1574: El Papa Gregorio XIII concede una bula a Felipe II para vender la Villa de Loeches.

Las dificultades económicas de la monarquía hispánica durante la época de los Austrias, provocadas en gran parte por el coste de su política imperial, llevaron a los reyes a vender muchos bienes. Entre ellos estaban pueblos, vasallos, derechos, rentas, cargos públicos y otros bienes. Estas ventas aumentaban especialmente cuando la Hacienda Real atravesaba momentos de mayor crisis. Esto ocurrió, por ejemplo, durante los últimos años de las guerras de Carlos V contra Francisco I de Francia, y también cuando se acercaban las graves crisis financieras de 1557 y 1575.

A partir de entonces se pueden distinguir dos etapas en estas ventas de bienes.
La primera consistió en la secularización y posterior venta de encomiendas y pueblos pertenecientes a las Órdenes Militares españolas. La segunda etapa comenzó en 1575 y consistió en incorporar a la Corona villas y lugares que pertenecían a la Iglesia, a obispados y a monasterios, para después venderlos. Esto fue posible gracias a varias bulas papales.

En este contexto, el 6 de abril de 1574 el papa Gregorio XIII concedió a Felipe II, mediante una nueva bula, el derecho a incorporar a la Corona varias villas que formaban parte de la Comunidad y Tierra de Alcalá, entre ellas la villa de Loeches. La Corona vendió Loeches al genovés Baltasar Catano el 18 de junio de 1579. Dos años después, Catano la vendió a Íñigo de Cárdenas y Zapata, primer señor de Loeches y miembro de la familia que fundó el convento de San Ignacio de las carmelitas descalzas. La venta fue aprobada por el propio rey en Lisboa el 24 de enero de 1583.

Desde ese momento, Loeches pasó a ser una villa señorial. Se llamaba villa porque el emperador Carlos V le había concedido ese título en 1555, otorgándole ciertos privilegios y prestigio. Y era señorial porque estaba bajo la autoridad de un señor que ejercía sobre el territorio y sus habitantes poderes que iban más allá de los de un simple propietario.