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Autor: Turismo Loeches

28 de marzo de 1515: nacimiento de Santa Teresa de Jesús

El 28 de marzo de 1515 nació Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, la primera hija de los ocho hijos varones de Alonso Sánchez de Cepeda, descendiente adinerado de una familia judía conversa, y de su segunda mujer, Beatriz Dávila y Ahumada.

Existen dos teorías del lugar de su nacimiento: en la propia ciudad de Ávila, en la casa familiar, hoy convento de Santa Teresa de Jesús, o en el pequeño municipio de Gotarrendura, cerca de Ávila. Existen varios datos que hacen pensar que en esta población nació Teresa y no en la capital, ya que en Ávila no existe su partida de nacimiento, y en el Libro de nacimientos de Gotarrendura faltan treinta hojas que pertenecen a las fechas en las que nació Teresa. Otro dato importante es que todos sus hermanos nacieron en dicha localidad, e incluso su madre falleció en el lugar. En el centro del pueblo aún existen propiedades, como un palomar que data como mínimo de principios del siglo XV, que pertenecieron a su familia y a las que la propia Doctora de la Iglesia alude en alguno de sus escritos.

En la ciudad de Ávila se encuentra el convento de Santa Teresa de Jesús edificado sobre los antiguos terrenos de la familia de los Cepeda. En el siglo XVII la casa estaba en estado de abandono y ruina, y es por ello por lo que en 1628 el obispo abulense Francisco Márquez de Gaceta apoyó a los carmelitas para que construyeran un convento en honor a la Santa reformadora sobre estos terrenos. Es en estos años cuando aparece Gaspar de Guzmán y Pimentel, quien al llegar al valimiento de Felipe IV, puso mucho interés en las fundaciones de la orden descalza y pidió se le cediera el patronato de esta nueva construcción el 21 de abril de 1631, de ahí que en la fachada de la iglesia aparezca su escudo de armas. En 1629 se puso la primera piedra en el mismo sitio donde se supone que estaba la habitación donde nación Teresa y con los recursos que aportó el conde duque la obra se desarrolló con rapidez.

La inauguración del templo se efectuó el 14 de octubre de 1636, aunque aún quedaba por decorar su interior. En cuanto a la arquitectura, el edificio es una representación del estilo barroco de aquel momento, siguiendo el mismo modelo, especialmente la fachada, que se encuentra en la propia ciudad de Ávila, la iglesia del convento de San José, o en Madrid, con ejemplos como el monasterio de la Encarnación o la iglesia del monasterio de la Inmaculada Concepción de Loeches, que mandó construir el conde duque en 1635.

28 de marzo de 1926: nacimiento de Cayetana de Alba, XVIII duquesa de Alba

Tal día como hoy, hace 100 años, nació Cayetana Fitz-James Stuart, XVIII duquesa de Alba. Fue la única hija de Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, XVII duque de Alba, a quien sus amigos llamaban cariñosamente Jimmy Alba, y de María del Rosario de Silva y Gurtubay, X marquesa de San Vicente del Barco, conocida en su entorno como Totó.

Nació la noche del 28 de marzo de 1926 en el Palacio de Liria, residencia familiar en Madrid. Curiosamente, en el momento de su nacimiento su padre se encontraba reunido con tres grandes intelectuales de la época: el médico Gregorio Marañón, el filósofo José Ortega y Gasset y el escritor Ramón Pérez de Ayala.

Fue bautizada el 17 de abril de 1926 en la capilla del Palacio Real de Madrid. Sus padrinos fueron el rey Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia de Battenberg. Para la ceremonia se utilizó la histórica pila bautismal de Santo Domingo de Guzmán, reservada tradicionalmente para monarcas o sus descendientes.

Recibió un nombre bastante completo: María del Rosario (en honor a su madre) Cayetana (como la duquesa de Alba retratada por Goya) Alfonsa (por su padrino) Victoria Eugenia (por su madrina) Francisca (por la devoción de su padre por san Francisco de Asís) Paula Lourdes Antonia Josefa Fausta Rita Castor Dorotea y Santa Esperanza. Sin embargo, casi todo el mundo la conoció simplemente como Cayetana, el nombre que ella misma prefería. Su padre la llamaba con cariño Tanuca, mientras que personas cercanas, como la reina emérita Sofía, la llamaban Tana.

Vivir y dejar vivir: el espíritu de Cayetana de Alba

El 28 de marzo de 1926 nacía en el Palacio de Liria, en Madrid, Cayetana Fitz-James Stuart, una niña destinada a convertirse en uno de los personajes más singulares de la historia social española. Cien años después de su nacimiento, su figura sigue despertando simpatía. Aristócrata por nacimiento, libre por convicción y protagonista por carácter, sigue siendo una figura imposible de encasillar y, desde luego, de olvidar.

Desde la cuna estuvo rodeada de historia. Sus padrinos de bautismo fueron el rey Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia de Battenberg, símbolo del estrecho vínculo entre la Casa de Alba y la Corona. Pero durante su infancia sufrió un duro golpe: su madre falleció cuando Cayetana tenía apenas ocho años, una pérdida que marcó su carácter y la hizo crecer antes de tiempo. Aquellos años estuvieron llenos de viajes por Europa, especialmente tras la proclamación de la Segunda República, lo que le dio una mentalidad cosmopolita y una soltura poco común en la aristocracia española de entonces. Vivió la Guerra Civil, el franquismo, la Transición y la España democrática, adaptándose a cada época sin renunciar a su personalidad indomable. Con veinte años, en 1947, se casó con Luis Martínez de Irujo en una boda que la prensa internacional calificó como una de las más importantes del momento. Tuvieron seis hijos, entre ellos el actual duque, Carlos Fitz-James Stuart.

Décadas después volvería a desafiar convenciones al casarse con el intelectual y exjesuita Jesús Aguirre y, ya octogenaria, con Alfonso Díez, protagonizando aquella imagen inolvidable bailando sevillanas tras su última boda en Sevilla. Fue reconocida por el Guinness World Records como la persona con más títulos nobiliarios del mundo. Descendiente de Fernando Álvarez de Toledo y heredera, por la rama Fitz-James Stuart, de la sangre de los Estuardo, reunía siglos de historia en su nombre. Sin embargo, su lema era mucho más sencillo y moderno: «vive y deja vivir». Fue anfitriona de artistas, diseñadores, actores y actrices; en sus palacios se organizaron recepciones, encuentros culturales y hasta desfiles de moda. Sabía abrir las puertas del patrimonio sin perder autenticidad.

Un hito fundamental en la gestión de su patrimonio ocurrió el 14 de mayo de 1975 con la creación de la Fundación Casa de Alba. Esta institución no fue un hecho aislado, sino la culminación del legado intelectual de su padre, Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, XVII duque de Alba. Jacobo, figura clave de la cultura y la diplomacia, quien fuera embajador en Londres y director de la Real Academia de la Historia, dedicó su vida a la reconstrucción del palacio de Liria tras los bombardeos de la Guerra Civil de la Legión Cóndor y a la catalogación científica del archivo familiar. Consciente de este mandato histórico y del impulso cultural y político de su progenitor, Cayetana formalizó la Fundación para asegurar la protección jurídica de los palacios de Liria y Monterrey. Con ello, no solo blindó las colecciones frente a una posible dispersión futura, sino que profesionalizó su conservación y abrió las puertas del linaje a la sociedad, cumpliendo el deseo de su padre de convertir el patrimonio privado en un activo cultural para España.

La Casa de Alba amplió considerablemente su patrimonio gracias a una cuidada política de alianzas matrimoniales con otros grandes linajes. Una de las más relevantes fue la unión entre las casas de Alba y Olivares, sellada con el matrimonio del X duque de Alba, Francisco Álvarez de Toledo, y la IV condesa-duquesa de Olivares, Catalina de Haro y Guzmán. A partir de esta unión, los Alba incorporaron a su patrimonio el palacio de Monterrey y todas las posesiones vinculadas a la villa de Loeches. En 1633, el I conde-duque de Olivares adquirió el señorío de Loeches, donde fundó el monasterio de la Inmaculada Concepción y mandó construir un palacio adosado al templo.

Con el tiempo, la Casa de Alba heredó esta propiedad y, ya a comienzos del siglo XX, el XVII duque de Alba, Jacobo, ordenó la demolición del antiguo palacio para levantar en su lugar un nuevo panteón familiar. En este sobrio y solemne espacio descansan el propio conde-duque de Olivares y su esposa, Inés de Zúñiga, así como varios miembros destacados de la familia: la tía de Cayetana, Eugenia Sol; su primo Fernando Alonso; su abuela materna, María del Rosario Gurtubay; sus padres, abuelos y bisabuelos; y sus dos maridos consortes, Luis Martínez de Irujo y Jesús Aguirre.

Cayetana de Alba falleció el 20 de noviembre de 2014 en Sevilla, a los 88 años. Fue incinerada y, cumpliendo su voluntad, sus restos descansan en dos lugares muy significativos para ella: en el panteón familiar del convento de Loeches y en la capilla de la Hermandad del Cristo de los Gitanos, en Sevilla, a la que estuvo profundamente vinculada.

Santa Teresa de Jesús: vida, obra y significado histórico

Santa Teresa de Jesús, también conocida como Teresa de Ávila, es una de las figuras más relevantes del Siglo de Oro español, tanto por su dimensión espiritual como por su extraordinaria aportación literaria y reformadora. Su vida se inscribe en un momento clave de la historia europea: el siglo XVI, marcado por la Reforma protestante, la respuesta católica del Concilio de Trento y una intensa renovación religiosa y cultural.

Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada nació en Ávila el 28 de marzo de 1515, en el seno de una familia acomodada. Su padre, Alonso Sánchez de Cepeda, era un converso de origen judío que había logrado integrarse en la élite urbana, lo que refleja la compleja realidad social y religiosa de la Castilla del momento. Desde joven, Teresa mostró una personalidad viva, imaginativa y decidida. Ella misma relata en su Libro de la vida su afición temprana a las lecturas de caballerías y a las vidas de santos, que influyeron en su temprana sensibilidad religiosa.

Retrato de Teresa de Jesús por Fray Juan de la Miseria, 1576.

A los veinte años ingresó en el convento carmelita de la Encarnación de Ávila, no sin dudas y resistencias internas. La vida conventual de la época, relativamente flexible y abierta al contacto con el exterior no siempre favorecía el recogimiento espiritual. Durante años, Teresa alternó períodos de fervor con etapas de enfermedad y crisis interior. Fue precisamente en esta lucha personal donde comenzó a gestarse su experiencia mística, caracterizada por una intensa vivencia interior de la fe, que ella describió con gran profundidad psicológica y literaria. En su vida se dieron numerosos fenómenos místicos extraordinarios, especialmente visiones, que ella entendió como una forma privilegiada de experimentar la presencia de Dios. Estas visiones no solo marcaron su vida personal, sino que también dieron origen a una profunda enseñanza espiritual.

Santa Teresa distingue varios tipos de visiones según la forma en que se perciben: corporales (con los sentidos externos), imaginarias (con la imaginación) e intelectuales (sin imágenes ni formas, solo con el entendimiento). Ella misma afirma no haber tenido visiones corporales, pero sí muchas imaginarias e intelectuales, siendo estas últimas las más elevadas. En las llamadas séptimas Moradas, las visiones alcanzan su mayor profundidad y están ligadas a la unión total del alma con Dios.

Éxtasis de Santa Teresa de Bernini, 1652.

El contenido de estas visiones es muy amplio: incluyen a Dios, la Trinidad, Cristo, los santos, el alma humana, el pecado y las realidades últimas. Sus efectos fueron muy concretos en la vida de Teresa: crecimiento interior, paz profunda, humildad, fortaleza, deseo de hacer el bien y mayor claridad en la fe. Estas experiencias también influyeron en su labor como fundadora, escritora y guía espiritual. Estas visiones no tienen como fin el espectáculo ni el disfrute personal, sino ayudar a la persona a vivir mejor su fe y a cumplir la voluntad de Dios. Por eso, Teresa insiste en la importancia del discernimiento, la humildad y la obediencia, afirmando que la autenticidad de estas experiencias se reconoce por los frutos positivos que dejan en la vida de quien las recibe.

A partir de la década de 1550, Teresa experimentó una transformación decisiva. Convencida de la necesidad de una vida religiosa más austera y coherente con los ideales evangélicos, impulsó la reforma de la Orden del Carmelo. Su proyecto proponía comunidades pequeñas, vida de clausura estricta, pobreza y oración contemplativa. En 1562 fundó en Ávila el primer convento de Carmelitas Descalzas, dedicado a San José, inicio de una profunda renovación espiritual que no estuvo exenta de conflictos y resistencias.

Teresa de Ávila de François Gérard, 1827.

Durante los últimos veinte años de su vida, Teresa recorrió buena parte de la geografía española fundando conventos —hasta diecisiete femeninos y, con la colaboración de San Juan de la Cruz, varios masculinos— en ciudades como Medina del Campo, Salamanca, Toledo, Sevilla o Burgos. Estos viajes, realizados en condiciones precarias y en un contexto social poco favorable a la iniciativa femenina, revelan su extraordinaria capacidad organizativa, su firme carácter y su notable inteligencia práctica.

Teresa nunca llegó a fundar un convento en la corte madrileña, pero sí tenía esa intención como así reflejan sus escritos, a pesar del ambiente cortesano que le resultaba poco propicio para la vida espiritual. Es importante entender que la corte desempeñó un papel estratégico en su actividad, ya que desde allí se tramitaban autorizaciones, se establecían contactos con teólogos y consejeros reales y se resolvían cuestiones fundamentales para la consolidación de la Reforma del Carmelo Descalzo.

La primera relación con la nueva orden y Santa Teresa de Jesús se encuentra en Alcalá de Henares, cuando María de Jesús Yepes, una monja de la orden del carmelo de Granada conoció a Teresa y con su apoyo funda el convento de la Concepción, más conocido como “La Imagen” en 1562, convirtiéndose así en la primera fundación de la orden de carmelitas descalzas en la actual Comunidad de Madrid. Como bien refleja en una carta la propia Santa en 1575 ya estaba disponiendo todo para fundar un convento Madrid, pero fallece antes. Quien continúa con su deseo es su compañera Ana de Jesús, que funda en 1586 el convento de Santa Ana. La tercera fundación en tierras madrileñas no queda muy alejada ni de la capital ni de Alcalá de Henares, ya que, en 1596, Francisca de Cristo, una monja del convento de Santa Ana fundó el convento de San Ignacio en Loeches.

Santa Teresa, copia de José de Ribera, 1644.

Paralelamente, Teresa desarrolló una obra literaria de primer orden. Sus escritos, nacidos en gran parte por obediencia a sus confesores, combinan profundidad teológica, claridad expresiva y una sorprendente cercanía humana. Obras como el Libro de la vida, Camino de perfección o Las moradas son hoy consideradas clásicos de la literatura espiritual y de la prosa castellana. En ellas, Teresa emplea un lenguaje sencillo y directo, cargado de imágenes cotidianas, que hace accesible una experiencia mística de gran complejidad. Desde una perspectiva historiográfica, sus textos constituyen también una fuente de primer orden para el conocimiento de la espiritualidad, la vida conventual y la condición femenina en la España del siglo XVI.

Teresa murió en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582, en plena actividad reformadora. Su reconocimiento fue rápido: fue beatificada en 1614 y canonizada en 1622. En 1970, proclamada Doctora de la Iglesia por Pablo VI, siendo la primera mujer en recibir este título. Este reconocimiento subraya no solo su santidad, sino también el valor universal de su pensamiento.

Desde una mirada histórica, Santa Teresa de Jesús representa una síntesis singular entre tradición y renovación. Fue profundamente fiel a la Iglesia de su tiempo, pero también una figura crítica y transformadora. Su legado trasciende el ámbito religioso: es una de las grandes escritoras de la lengua española y un ejemplo excepcional de liderazgo femenino en una sociedad dominada por los hombres. Su vida y su obra continúan siendo objeto de estudio, admiración y debate, confirmando su lugar central en la historia cultural y espiritual de Occidente.

Sepulcro Santa Teresa en Alba de Tormes, XVIII.

4 de marzo de 1962: fallece Eugenia Sol Fitz-James Stuart y Falcó.

Más conocida como Doña Sol, Eugenia nació el 8 de enero de 1880 en Madrid. Fue hija del XVI duque de Alba de Tormes y de María del Rosario Falcó, y hermana de Jacobo, XVII duque de Alba de Tormes, y de Hernando.

Desde su juventud Sol sería una de las aristócratas más influyentes de la corte española y la alta sociedad madrileña. Contrajo matrimonio el 30 de junio de 1906 con Juan Manuel Mitjans y Manzanedo, II duque de Santoña. El enlace se verificó en la capilla del palacio de Liria el 2 de julio, residencia de Sol desde su infancia. El 9 de octubre de 1906, Sol sería nombrada dama de la reina Victoria Eugenia, esposa de Alfonso XIII. Tuvo tres hijos y enviudó bastante joven en 1929.

En 1936, después del golpe de Estado, Cayetana, sobrina de Sol y futura XVIII duquesa de Alba de Tormes, fue enviada al Palacio de las Dueñas de Sevilla, donde pasó casi todo el tiempo que duró la guerra civil, con excepción de algunas cortas estancias en Londres con su padre, embajador en aquel momento. Estuvo acompañada de su tía y sus cuatro primos. Doña Sol era muy aficionada a los toros, la hípica y la cultura popular y solía vivir en Sevilla, de ahí la pasión de Cayetana por el arte y las costumbres hispalenses.

Falleció el 4 de marzo de 1962 y sus restos fueron trasladados al panteón familiar de la casa de Alba en el monasterio de la Inmaculada Concepción de Loeches en Madrid.

En la silla de la izquierda, sujetando a su nieto, se encuentra Eugenia Sol Fitz-James Stuart y Falcó posando con su familia.

28 de febrero de1688: Catalina Méndez de Haro se casa con Francisco Álvarez de Toledo y Silva.

Unión entre las casas de Olivares y Alba.

Hija de Gaspar de Haro y Guzmán, Catalina Méndez de Haro, VIII marquesa del Carpio, VIII condesa de Monterrey, IV condesa duquesa de Olivares Y duquesa de Montoro, entre otros títulos, contrajo matrimonio el 18 de febrero de 1688 con Francisco Álvarez de Toledo y Silva, X duque de Alba de Tormes, VII duque de Huéscar y XII conde de Lerín.

Este enlace incorporó a la casa de Alba los derechos a los títulos, cargos y propiedades que antes ostentaran Gaspar de Haro y Guzmán y sus antecesores. Este hecho hizo que la casa de Alba adquiriese la propiedad del palacio salmantino de Monterrey y la del monasterio y palacio de Loeches en Madrid que funda el I conde duque de Olivares.

De este matrimonio, nació Maria Teresa Álvarez de Toledo y Haro, XI duquesa de Alba de Tormes, IX marquesa del Carpio y V condesa duquesa de Olivares, la primera mujer por derecho propio de la Casa de Alba al ser la única heredera.

Imagen formada por una plataforma de diseño gráfico.

Ilustración de boda aristocrática del siglo XIX en una capilla, representando el enlace entre Francisca de Sales y el duque de Alba en 1844

14 de febrero de 1844: Celebración de la boda entre Francisca de Sales y Portocarrero y Jacobo Fitz James Stuart y Ventimiglia

Como se señalado en publicaciones anteriores, María Francisca de Sales y Portocarrero nace en Granada en enero de 1825 y fue la primogénita de la familia. Diecinueve años más tarde, el 14 de febrero de 1844, hace 182 años, contrae matrimonio con Jacobo Fitz James Stuart y Ventimiglia, XV duque de Alba. El lugar de la celebración fue en la capilla del antiguo Palacio de Ariza, en la plaza del Ángel de Madrid.

La pareja anunció su compromiso un año antes, durante un baile de máscaras, que durante aquella época eran eventos muy propios del ambiente aristocrático. Destacaban especialmente las fiestas organizadas por la madre de Francisca, María Manuela Kirkpatrick, en la Quinta de los Montijo en Carabanchel, lugar de reunión de nobles, aristócratas, intelectuales, políticos, cantantes, escritores o actores.

Este enlace supuso la unión de dos de las casas más poderosas de España: los Portocarrero-Palafox, con títulos como Montijo o Peñaranda, y los Fitz-James Stuart, herederos de la Casa de Alba, de Olivares y del linaje del duque de Berwick.

Esta boda consolidó una red de alianzas que marcó la vida política y social de la época. Es por este matrimonio que los restos de Francisca descansan en el panteón familiar de los Alba en Loeches, donde destaca la pieza más impresionante: su cenotafio.

Santo Domingo de Guzmán: el fuego de la palabra

Santo Domingo de Guzmán nació hacia 1170 en Calaruega, una pequeña localidad de la actual provincia de Burgos que con el tiempo se convertiría en un lugar de referencia espiritual. Era el tercer hijo de Félix de Guzmán y Juana de Aza, una familia noble profundamente cristiana que la tradición considera una auténtica “familia de santos”.

Desde su nacimiento, la figura de Domingo estuvo rodeada de símbolos y relatos que la iconografía cristiana ha conservado: su madre soñó que llevaba en su seno un cachorro con una antorcha encendida en la boca, presagio de que su hijo iluminaría el mundo con la luz del Evangelio. Otra leyenda nos cuenta que su madrina al sacarlo de la pila bautismal vio que tenía en la frente una estrella resplandeciente, presagio de que Domingo iluminaría con ella al mundo. De ahí que la estrella y el perro con la antorcha se convirtieran en emblemas dominicanos.

Recibió el nombre de Domingo por la gran devoción existente en la comarca al abad reformador Santo Domingo de Silos, y fue bautizado en una pila que más tarde alcanzaría fama histórica al ser utilizada para bautizar a miembros de la Casa Real española.

Desde niño recibió una sólida formación religiosa, primero en Gumiel de Izán junto con su tío materno el arcipreste Gonzalo de Aza, y después en el Estudio General de Palencia, donde cursó artes liberales y teología. Allí destacó no solo por su inteligencia, sino también por su sensibilidad hacia los problemas sociales de aquel momento, llegando incluso a vender sus libros —un bien muy valioso en la época— para ayudar a los necesitados durante una hambruna.

Pintura mural de Santo Domingo de Guzmán rodeado de figuras religiosas y simbolismo celestial en un templo.

La etapa en Osma y el descubrimiento de su misión

Su prestigio intelectual y espiritual llegó a oídos del obispo de Osma, Martín de Bazán, quien lo incorporó como canónigo regular de su catedral. En Osma comenzó una intensa vida de oración, estudio y servicio, y trabó una amistad decisiva con Diego de Acebes, futuro obispo.

Junto a él emprendió un viaje diplomático que cambiaría el rumbo de su vida: en el sur de Francia entraron en contacto con el catarismo, un movimiento religioso considerado herético por la Iglesia. Domingo comprendió entonces que la respuesta no podía ser la violencia ni el lujo, sino la predicación acompañada de una vida pobre, coherente y evangélica.

Convencido de ello, se dedicó durante años a predicar incansablemente, enfrentándose a incomprensiones y peligros, pero siempre con serenidad y firmeza.

En 1206, junto al obispo Fulco de Toulouse, fundó el monasterio de Prulla, destinado a acoger y proteger a mujeres de la nobleza que habían sido influenciadas por los herejes. Este humilde cenobio es considerado la cuna de la futura Orden de Predicadores.

El nacimiento de la Orden de Predicadores

Tras la muerte de Diego de Acebes, Domingo continuó la misión en solitario durante casi una década, reuniendo a un pequeño grupo de predicadores sin una estructura jurídica fija, unidos únicamente por el deseo de anunciar la verdad.

Poco a poco fue madurando la idea de fundar una orden religiosa dedicada específicamente a la predicación y al estudio. En 1216, el papa Honorio III aprobó oficialmente la Orden de los Frailes Predicadores, basada en la Regla de san Agustín y con dos pilares fundamentales: la predicación y el estudio.

Esta novedad marcaría profundamente la vida de la Iglesia medieval.

Domingo tomó una decisión audaz en 1217: dispersar a sus frailes por Europa para llevar el Evangelio a universidades y ciudades clave como París y Bolonia. El resultado fue sorprendente: en apenas cuatro años, la Orden contaba con más de sesenta comunidades.

Surgía así una de las grandes corrientes intelectuales y espirituales del siglo XIII, de la que más tarde formarían parte figuras como Santo Tomás de Aquino y San Alberto Magno, pilares de la escuela tomista.

Últimos años y legado

Incansable viajero, Domingo recorrió Francia, Italia y España, fundando conventos —como los de Segovia y Madrid— y fortaleciendo a sus comunidades. A pesar de su creciente prestigio, vivió siempre con sencillez, austeridad y una profunda humanidad.

Antes de morir, aún tuvo fuerzas para convocar dos Capítulos Generales, sentando las bases democráticas y misioneras de la Orden.

Murió el 6 de agosto de 1221 en Bolonia, en una pequeña y humilde celda del convento de San Nicolás. Sus restos reposan en el Arca de Santo Domingo realizada en 1264 por Nicola Pisano y conservada en la Basílica de Santo Domingo en Bolonia.

En ella aparecen representados algunos de los principales episodios de su vida, como su nacimiento, con el perro y la antorcha, la disputa con los cátaros o la fundación de la Orden de Frailes Predicadores.

Trece años después de su muerte, el papa Gregorio IX lo canonizó, reconociendo oficialmente la santidad de quien fue llamado con razón el Padre de los Predicadores. Desde entonces, su legado sigue vivo allí donde la palabra se une al estudio, la fe al compromiso y la verdad a la misericordia.

26 de enero de 1899: Fallecimiento de Alejandro Prota

Alejandro Prota y su vinculación con Loeches

Tal día como hoy, hace 127 años, fallece Alejandro Prota Boassi a los 76 años. Fue una figura destacada vinculada a Loeches, localidad en la que veraneaba junto a su familia, atraído por los balnearios de aguas medicinales que funcionaron durante décadas en el antiguo palacio mandado construir por el Conde-Duque de Olivares.

Apoderado de la Casa de Alba y benefactor del monasterio

Alejandro Prota desempeñó el cargo de apoderado de la Casa de Alba y fue también benefactor del monasterio de la Inmaculada Concepción. Gracias a esta vinculación, residió en el palacio que la Casa de Alba había heredado de la familia Olivares a finales del siglo XVII, reforzando así su estrecha relación con la villa.

Vida familiar y entorno cultural

Contrajo matrimonio con Emilia Carmena Monaldi, pintora de cámara de la reina Isabel II, y tuvieron una hija, Isabel Prota Carmena, que llegó a ser una reconocida compositora de música religiosa y fue muy querida por la comunidad dominica del monasterio.

El final de una etapa en Loeches

La familia mantuvo su residencia estival en Loeches hasta 1885, año en el que Alejandro Prota decidió trasladar los veranos a otro lugar con el fin de alejar a su hija de la vida religiosa a la que aspiraba, ya que ella deseaba abandonar sus estudios musicales para tomar el hábito y vivir en clausura. A pesar de ello, Alejandro Prota nunca perdió el vínculo especial que mantuvo con la villa de Loeches… pero esa ya es otra historia.

23 de enero de 1643: El conde-duque de Olivares abandona la corte para retirarse en Loeches

El retiro del valido real en Loeches

Tal día como hoy, hace 383 años, Gaspar de Guzmán y Pimentel, el célebre conde-duque de Olivares y valido del rey Felipe IV, abandona la corte de Madrid para trasladarse a su palacio en Loeches con el fin de retirarse de su cargo y pasar los últimos años de su vida dedicados a la oración y al descanso.

Un contexto de crisis política y social

Tras más de dos décadas como mano derecha del monarca, su salida se produce en un contexto de fuerte tensión política y social, marcado por los conflictos con los grandes de España, el clero, la grave revuelta de Cataluña y Portugal, la guerra contra Francia y una profunda crisis económica que afectaba al imperio. Finalmente, Felipe IV accede a la presión acumulada y concede al conde-duque el permiso real para retirarse de la vida política activa.

La relación entre Felipe IV y su valido

La relación entre el rey y su valido fue siempre estrecha y trascendió lo meramente institucional, como reflejan las numerosas cartas intercambiadas entre ambos. Estas muestras de respeto e incluso de afecto explican la dificultad de una decisión que puso fin a una de las etapas más influyentes del reinado.

Loeches como lugar de retiro del Conde-Duque

Gaspar de Guzmán había adquirido el señorío de Loeches en 1633 con la intención de establecer allí su retiro. Para ello mandó construir un palacio y fundó el monasterio de la Inmaculada Concepción de las dominicas recoletas. En Loeches residió durante cerca de cinco meses, hasta que la difusión de un panfleto anónimo, en el que se le responsabilizaba de los males del imperio, reavivó las tensiones en la corte. Su respuesta escrita no hizo sino intensificar la hostilidad de sus enemigos… pero esa ya es otra historia.