12 de junio de 1643: el conde-duque de Olivares abandona Loeches para trasladarse a Toro.

Hace 383 años, el conde-duque de Olivares abandonó su palacio en la Villa de Loeches para dirigirse a Toro, Zamora, y pasar los últimos años de su vida acompañado de su familia en el palacio de su hermana Inés de Zúñiga, la marquesa viuda de Alcañices.
Tras obtener de Felipe IV el permiso para retirarse de su cargo como valido, Olivares se trasladó a Loeches con la intención de pasar allí una etapa tranquila en el palacio y monasterio que él mismo había fundado. Con ello pretendía también calmar a quienes lo señalaban como responsable de los males del imperio. Sin embargo, durante los casi cinco meses que permaneció en Loeches, su esposa, su hijo reconocido y su sobrino continuaron en el entorno de la corte, muy próximos al rey, lo que alimentó las sospechas de sus enemigos sobre una posible influencia indirecta.
En este contexto comenzó a circular un escrito anónimo, difundido en varios documentos, que culpaba al conde-duque de la situación del imperio. Decidido a defender su honor y su gestión, Olivares respondió con un texto titulado El Nicandro, en el que justificaba sus decisiones y contestando a quienes le creían culpable.
El 24 de mayo el rey manda a Luis de Haro, sobrino del conde-duque, a Loeches para darle el fatídico mensaje: las consecuencias de la publicación del Nicandro obligaban al monarca a ceder ante las presiones de quienes se habían quejado del escrito, ordenando a Olivares abandonar Loeches y trasladarse a Sevilla u otro de sus estados en Andalucía. Ante ello, Olivares solicitó cambiar el destino hacia el norte, alegando motivos de salud, y pidió establecerse en Toro o en León.
De camino hacia su nuevo destino no se le permitió acceder a la corte, a pesar de haberlo solicitado. En su lugar, dio un rodeo y se detuvo a comer en Pozuelo de Alarcón, donde acudió su sobrino Luis, acompañado de la Condesa de Olivares, quien se despidió de su esposo con gran afecto. Haro mantuvo una conversación privada con su tío durante varias horas de la que no se conoce el contenido. Hizo una segunda parada en Torrelodones donde recibió la visita de su hijo, don Enrique Felipe, y de numerosos amigos.
Pocos días después llegó a Toro, donde inició una nueva etapa marcada por la vida religiosa visitando iglesias y asistiendo a misa mientras aguardaba el final de sus días con melancolía y el recuerdo del poder que una vez había ostentado.




