El 28 de marzo de 1926 nacía en el Palacio de Liria, en Madrid, Cayetana Fitz-James Stuart, una niña destinada a convertirse en uno de los personajes más singulares de la historia social española. Cien años después de su nacimiento, su figura sigue despertando simpatía. Aristócrata por nacimiento, libre por convicción y protagonista por carácter, sigue siendo una figura imposible de encasillar y, desde luego, de olvidar.
Desde la cuna estuvo rodeada de historia. Sus padrinos de bautismo fueron el rey Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia de Battenberg, símbolo del estrecho vínculo entre la Casa de Alba y la Corona. Pero durante su infancia sufrió un duro golpe: su madre falleció cuando Cayetana tenía apenas ocho años, una pérdida que marcó su carácter y la hizo crecer antes de tiempo. Aquellos años estuvieron llenos de viajes por Europa, especialmente tras la proclamación de la Segunda República, lo que le dio una mentalidad cosmopolita y una soltura poco común en la aristocracia española de entonces. Vivió la Guerra Civil, el franquismo, la Transición y la España democrática, adaptándose a cada época sin renunciar a su personalidad indomable. Con veinte años, en 1947, se casó con Luis Martínez de Irujo en una boda que la prensa internacional calificó como una de las más importantes del momento. Tuvieron seis hijos, entre ellos el actual duque, Carlos Fitz-James Stuart.

Décadas después volvería a desafiar convenciones al casarse con el intelectual y exjesuita Jesús Aguirre y, ya octogenaria, con Alfonso Díez, protagonizando aquella imagen inolvidable bailando sevillanas tras su última boda en Sevilla. Fue reconocida por el Guinness World Records como la persona con más títulos nobiliarios del mundo. Descendiente de Fernando Álvarez de Toledo y heredera, por la rama Fitz-James Stuart, de la sangre de los Estuardo, reunía siglos de historia en su nombre. Sin embargo, su lema era mucho más sencillo y moderno: «vive y deja vivir». Fue anfitriona de artistas, diseñadores, actores y actrices; en sus palacios se organizaron recepciones, encuentros culturales y hasta desfiles de moda. Sabía abrir las puertas del patrimonio sin perder autenticidad.
Un hito fundamental en la gestión de su patrimonio ocurrió el 14 de mayo de 1975 con la creación de la Fundación Casa de Alba. Esta institución no fue un hecho aislado, sino la culminación del legado intelectual de su padre, Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, XVII duque de Alba. Jacobo, figura clave de la cultura y la diplomacia, quien fuera embajador en Londres y director de la Real Academia de la Historia, dedicó su vida a la reconstrucción del palacio de Liria tras los bombardeos de la Guerra Civil de la Legión Cóndor y a la catalogación científica del archivo familiar. Consciente de este mandato histórico y del impulso cultural y político de su progenitor, Cayetana formalizó la Fundación para asegurar la protección jurídica de los palacios de Liria y Monterrey. Con ello, no solo blindó las colecciones frente a una posible dispersión futura, sino que profesionalizó su conservación y abrió las puertas del linaje a la sociedad, cumpliendo el deseo de su padre de convertir el patrimonio privado en un activo cultural para España.

La Casa de Alba amplió considerablemente su patrimonio gracias a una cuidada política de alianzas matrimoniales con otros grandes linajes. Una de las más relevantes fue la unión entre las casas de Alba y Olivares, sellada con el matrimonio del X duque de Alba, Francisco Álvarez de Toledo, y la IV condesa-duquesa de Olivares, Catalina de Haro y Guzmán. A partir de esta unión, los Alba incorporaron a su patrimonio el palacio de Monterrey y todas las posesiones vinculadas a la villa de Loeches. En 1633, el I conde-duque de Olivares adquirió el señorío de Loeches, donde fundó el monasterio de la Inmaculada Concepción y mandó construir un palacio adosado al templo.
Con el tiempo, la Casa de Alba heredó esta propiedad y, ya a comienzos del siglo XX, el XVII duque de Alba, Jacobo, ordenó la demolición del antiguo palacio para levantar en su lugar un nuevo panteón familiar. En este sobrio y solemne espacio descansan el propio conde-duque de Olivares y su esposa, Inés de Zúñiga, así como varios miembros destacados de la familia: la tía de Cayetana, Eugenia Sol; su primo Fernando Alonso; su abuela materna, María del Rosario Gurtubay; sus padres, abuelos y bisabuelos; y sus dos maridos consortes, Luis Martínez de Irujo y Jesús Aguirre.
Cayetana de Alba falleció el 20 de noviembre de 2014 en Sevilla, a los 88 años. Fue incinerada y, cumpliendo su voluntad, sus restos descansan en dos lugares muy significativos para ella: en el panteón familiar del convento de Loeches y en la capilla de la Hermandad del Cristo de los Gitanos, en Sevilla, a la que estuvo profundamente vinculada.





